Dios: el único y magnífico en santidad

Dios es santo. Esta es una de las verdades más asombrosas de las Escrituras. Es más, la Biblia afirma que Dios no sólo es santo, sino que él es santidad, lo que implica que este atributo de su ser está estrechamente ligado a sí mismo y determina su propio carácter y demás atributos.

En este artículo te presento un resumen de esta excelencia de Dios, enfatizando cómo la santidad implica la pureza absoluta de Dios y su separación de todo lo creado.

En busca de una definición

La palabra santidad no tiene una definición clara en el diccionario de la lengua española. La Real Academia (RAE) define la santidad como “Tratamiento honorífico que se da al papa”[1], lo cual, evidentemente, no esclarece el concepto.

La razón por la que esta palabra no se define de manera explícita fuera de la Biblia es porque se trata de un atributo divino. Dada la carencia del mismo en las cosas creada (como veremos, la palabra santo significa “puro”), sólo puede atribuírsele perfectamente a Dios.

De hecho, algunos científicos han llegado a argumentar que no existe en el planeta un material o sustancia totalmente pura, sino que todas las cosas sufren de algún nivel de degradación molecular.

Por poner un ejemplo, científicos han dicho que una sustancia química es pura si su nivel de pureza está entre el 97% y el 99.9% (en cuanto a los productos industriales, se considera puro a un material que varíe entre el 90% y el 95% de pureza).[2]

«La santidad es un término que sólo puede aplicarse a Dios porque sólo él puede ostentar un 100% de verdadera pureza».

Moisés entendió esta verdad cuando cantó: “¿Quién como tú, oh Jehová, entre los dioses[3]? ¿Quién como tú, magnífico en santidad, Terrible en maravillosas hazañas, ¿hacedor de prodigios?” (Éx. 15:11).

Moisés observa a los seres humanos que gobiernan el mundo y viven en lujosos palacios adornados de marfil, oro y túnicas preciosas, y pregunta: ¿quién como tú, oh Jehová? La respuesta es que nadie es como Dios. Él es pureza absoluta, ausencia de imperfección, maldad y defecto.

De acuerdo con el Diccionario Bíblico Wycliffe, la palabra “santo” engloba tres términos: en hebreo las palabras hasid y kadosh, y en griego hagios.

Por definición, kadosh significa “santo, puro o limpio” [4], y de allí es especialmente adecuada la descripción de los seres consagrados al servicio de Jehová: los sacerdotes (Sal. 106:16; Éx. 28:1-29:1; Lv. 21:6; 1 S. 7:1), los ángeles (Dt. 33:2-3), y el primogénito (Éx. 13:2)”.

Sin embargo, cuando el término “santo” es aplicado a Dios, significa “no corrompido por el pecado, sin maldad, o religiosamente observador de toda obligación moral”.[5]

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Dios: el único y magnífico en santidad

El teólogo Louis Berkhof añadió a esta definición una doble idea bíblica para la santidad de Dios. Para él, su significado original da a entender que “Él es absolutamente distinto de todas sus criaturas y exaltado sobre ellas en infinita majestad”.[6]

En ese sentido, la santidad es un atributo “trascendental”, que muchas veces ha venido a ocupar el centro de su perfección y supremacía en las Escrituras. No que haya atributos que estén uno por encima del otro en Dios, sino que los autores bíblicos parecen darle un lugar especial. Un caso interesante es la triple mención que hace de este atributo Isaías.

“Por encima de Él [Dios] había serafines; cada uno tenía seis alas: con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, Santo, Santo, es el SEÑOR de los ejércitos, llena está toda la tierra de su gloria” (Is. 6:2-3).

Isaías 6:2-3, corchete añadido.

El profeta repitió la palabra “santo” más de una vez para que fuese más familiar y superlativo para sus lectores. En otras palabras, Isaías estaba afirmando que Dios es “supremamente santo”.

En un segundo sentido, la santidad apunta a un aspecto específicamente ético. Berkhof explica que “la idea fundamental de la santidad moral de Dios es también la de separación, pero en este caso es separación del mal moral, es decir, del pecado”.[7]

A esto se refirió el escritor A.W. Pink al decir que la santidad significa que Dios es la suma de toda la excelencia moral. “Él es la pureza absoluta y sin mancha ni sombra de pecado”.[8]

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Dios obra en armonía con su santidad

En este punto es posible concluir que Dios, al ser puro y apartado del mal, obra en perfecta santidad en todos sus designios. Una muestra de ello es su Ley moral, a la cual Pablo califica como “santa”, y el mandamiento, “santo, justo y bueno” (Ro. 7:12).

Se oye decir con frecuencia que, si Dios es todopoderoso y no puede refrenar el mal del mundo, o él no es santo (o benigno) o simplemente carece de poder. Este argumento, por supuesto, desconoce la interrelación que hay en los atributos divinos. La santidad es un atributo asombroso porque determina todos los demás: su amor es santo, su misericordia es santa, su omnipotencia es santa, su justicia es santa, ¡incluso su ira es santa!

Dios obra en santidad en cada cosa que hace. Tanto, que Pablo llegó a escribir que su voluntad era “buena, agradable y perfecta” (Ro. 12:2). Sí, incluso su voluntad en ordenar el mal, aunque sin ser el autor del mismo.

En su libro Los atributos de Dios, A.W. Pink afirma: “Todo lo excelente procede de él y es la regla de sus acciones. Esa santidad se evidencia en su Ley, una Ley que prohíbe el pecado en todas sus formas y revela el carácter moral de Dios”.[9]

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La cruz: nuestro encuentro con la santidad de Dios

La más alta revelación de la santidad de Dios nos ha sido dada en Jesucristo, a quien la Escritura llama “el santo y el justo” (Hch. 3:14).

Él, como la manifestación gloriosa del Padre en lenguaje humano (Jn. 1:18; Heb. 1:1-3), reveló el carácter de Dios al vivir en santidad, convirtiéndose así en el puente para acceder a aquél que era antes inaccesible por el pecador (vea Jn. 14:6).

El escritor de Hebreos trae consuelo al creyente, al decir que tal sumo sacerdote “nos convenía” (Heb.7:27). Lo describe como “santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos” (Heb. 7:26).

Y convenía debido a su obra expiatoria en la cruz del Calvario.

Fue gracias a ese sacrificio perfecto que se cumplió la promesa de Dios dada a Moisés cuando dijo: “y vosotros seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa” (Dt. 19:6, énfasis añadido), la cual, con gozo, vio cumplirse Pedro al afirmar: “Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios” (1 P. 2:9a, énfasis añadido).

«Sí, la santidad de Dios se revela en la cruz, pues la expiación muestra el deseo de Dios de extirpar el pecado de su pueblo para siempre».

A través de ese método, Dios puedo convertir a los pecadores en una nación santa, que pudiera anunciar “las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 P. 2:9b).

En ese sentido es que los teólogos describen la santidad de Dios como un atributo comunicable, es decir, que el ser humano comparte en mayor proporción con Dios al ser creados a su imagen y semejanza.

Si bien el pecado había impedido reflejar este atributo a la perfección, en Cristo su pueblo se ha convertido en una nueva criatura, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud del Señor (Ef. 4:13).

A manera de conclusión

La santidad, entonces, significa pureza. Eso quiere decir que Dios no puede ser corrompido por el pecado (Stg. 1:13-15), es sin maldad (1 P. 2:22) y religiosamente observador de toda obligación moral (Mt. 5:17).

En el idioma hebreo hay dos palabras diferentes para referirse a lo santo. Cuando se refiere a Dios, es una palabra única, poco usada, que denota perfección absoluta y completa virtud de excelencia.

A.W. Tozer afirmó que “en su ser no hay mezcla, ni sombra de impureza. Lo que Él es en cada atributo lo es de manera pura”.[10]

Esta santidad fue revelada de manera amplia en la persona de Jesucristo, quien es la imagen misma de su sustancia y el resplandor de su gloria (Heb. 1:1-3).

Gracias a su obediencia perfecta y sacrificio en la cruz, el Señor abrió un camino hacia el Padre (Jn. 14:6), mediante la santificación de un pueblo para alabanza de su propia gloria (Ap. 21:3).

De allí que ahora la iglesia puede gozar de esta perfecta excelencia de Dios, al ser considerada una congregación de gente santa, sin pecado, que habita en el seno de Dios. O, como diría Pablo, “escondidos con Cristo en Dios” (Col. 3:3).

Te animo a acercarte a este precioso Dios. Él está cercano a los que le temen. Aunque su santidad nos parezca asombrosamente terrible, ahora hacemos parte de su santo redil pastoral.


[1] Real Academia del Español. Santidad. En: Diccionario de la Real Academia Española. Disponible en: https://dle.rae.es/santidad?m=form.

[2] ABC Noticias (1 marzo de 2014). Sustancias puras. Disponible en: https://bit.ly/3vJbPze.

[3] Aquí la palabra “dioses” [heb. elohim] se traduce como “gobernantes humanos”.

[4] Diccionario Bíblico Wycliffe (2016). Santo. Buenos Aires: Editorial Peniel. p. 1527.

[5] Diccionario Bíblico Wycliffe (2016). Santo. Buenos Aires: Editorial Peniel. p. 1527.

[6] Louis, Berkhof (1949). Atributos comunicables. En: Teología Sistemática. Estados Unidos: Libros Desafío. p. 85.

[7] Louis, Berkhof (1949). Atributos comunicables. En: Teología Sistemática. Estados Unidos: Libros Desafío. p. 86.

[8] A.W., Pink (2020). Santidad. En: Los atributos de Dios. Estados Unidos: Chapel Library. p. 39-44.

[9] A.W., Pink (2020). Santidad. En: Los atributos de Dios. Estados Unidos: Chapel Library. p. 39-44.

[10] A.W., Tozer (1997). Santidad. En: Los atributos de Dios (volumen I). Estados Unidos: Casa Creación. p. 145-161.