La misericordia de Dios es para siempre

El Diccionario de la Lengua Española define la misericordia como un “Atributo de Dios, en cuya virtud perdona los pecados y miserias de sus criaturas”.[1] Aunque la definición parece loable, vale la pena ir a la Biblia para profundizar en este concepto. El Salmo 103:8-12 es el que quizá mejor muestra en qué consiste la misericordia divina. El escritor declara:

Misericordioso y clemente es Jehová; Lento para la ira, y grande en misericordia. No contenderá para siempre, Ni para siempre guardará el enojo. No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, Ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados. Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, Engrandeció su misericordia sobre los que le temen. Cuanto está lejos el oriente del occidente, Hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones”.

Salmo 103:8-12

El versículo 8 inicia con la declaración: “misericordioso y clemente es Jehová”. La palabra “misericordioso” viene de la raíz hebrea rakjúm[2], que significa “compasivo”, y lleva la idea de alguien que “mima” o “acaricia” a otro que está en una situación adversa. En el griego, la palabra misericordioso (ausphlanchnos) significa “de entrañas tiernas”[3] y se aplica a una persona que tiene un afecto entrañable por otros (cf. Ef. 4:32).

El autor refuerza esta idea al decir que Jehová es, además, “clemente” (heb. kjanún[4]), es decir, que actúa con piedad. En ese sentido, Dios se compadece activamente del sufrimiento de los hombres. Él no se compadece en la lejanía, sino cerca de ellos.[5]

Dios es tan bondadoso que es capaz de acercarse al pecador con afecto entrañable para “mimarlo” y “abrazarlo” en medio de su dolor.

Lo anterior queda claro por los primeros versículos del Salmo. El escritor reconoce que Dios está cercano para sanar todas sus dolencias, rescatar del hoyo su vida y saciar de bienes su boca.

La misericordia de Dios es tal que, aunque su ira se impone sobre el pecador, él mismo la aplaca para tener compasión. “No contenderá para siempre, Ni para siempre guardará el enojo”, dice el verso 9.

En otras palabras, la misericordia de Dios no contiende ni guarda su enojo “para siempre”, lo que es consecuente con su carácter. Si bien es cierto que Dios, al ser justo y santo, se enoja con el pecador, al mismo tiempo muestra su misericordia al decidir socorrer al pecador en medio de su aflicción.

La misericordia y la soberanía de Dios

El Salmo 103 deja claro que la misericordia de Dios es un acto de piedad no merecida, una actitud que está en el corazón de la voluntad soberana de Dios, a través de la cual él “No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, Ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados” (verso 10).

De allí que la misericordia de Dios no es una obligación de su parte. Eso explicaría la siguiente frase: “Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y tendré compasión del que yo tenga compasión” (Ro. 9:15; cf. Éx. 33:19).

La misericordia de Dios está supeditada a Su soberanía: él se ha propuesto compadecerse de sus elegidos y no por algún mérito en ellos, sino porque así lo quiso en su eterno propósito.

Así lo enseña en verso 11: “Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, Engrandeció su misericordia sobre los que le temen”. El teólogo Matthew Henry lo explicó así:

“La bóveda del cielo dista tanto de este diminuto punto en el espacio, que es nuestro planeta, que resulta insignificante la diferencia de altura entre el más alto rascacielos y la más humilde cabaña. Así también la misericordia de Dios cobija por igual al más piadoso de los santos y al más criminal de los pecadores. No hay nadie demasiado malo para el perdón de Dios; sólo puede hacer quienes se creen demasiado buenos para tal perdón”.[6]

Conclusión

En suma, Dios es misericordioso, es decir, compasivo y siempre inclinado a asistir a los pecadores que se encuentran en problemas.

El autor concluye en el verso 12: “Cuanto está lejos el oriente del occidente, Hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones”. Esa es la magnitud de la misericordia y el amor de Dios. Él está cerca de los suyos para “acariciarlos” y asistirlos por medio de su provisión espiritual, pero lo hace no por un impulso involuntario, sino por el puro afecto de su voluntad y ejerciendo su soberanía en cada caso, alejando nuestras iniquidades de su santo ser.

Como señaló el comentarista puritano: “Dios imponía, e impone, a su pueblo castigo por sus rebeldías, pero siempre es menos severo de lo que las culpas merecen, pues no desea la muerte del malvado, sino que se arrepienta y viva (Ez. 18, 33)”.[7]

Tal es la misericordia de Dios.