Conoce nuestro nuevo libro: Verdadera fe salvadora

La idea de escribir un libro sobre la verdadera fe salvadora surgió una noche, luego de que una persona me preguntara, durante un estudio bíblico: “¿cómo puedo saber si realmente he sido salva?”.

Parece una pregunta sencilla, pero es tan profunda como el concepto mismo de la fe. Este interrogante podríamos formularlo de otra manera: ¿cuáles son los frutos de un auténtico cristianismo? O, ¿qué garantiza que nuestra profesión de fe es real y no un autoengaño?

Nadie que haya pensado seriamente acerca del cristianismo pasaría por alto estas preguntas. Yo mismo me he planteado estos interrogantes cientos de veces, a pesar de que me bauticé hace más de una década.

El apóstol Pablo le escribió a los corintios, en su segunda carta: “Examínense para ver si están en la fe; pruébense a sí mismos.” (2 Co. 13:5 NVI). Notemos los dos verbos que usa el apóstol: “examínense” y “pruébense”.

La razón por la que debemos preguntarnos con frecuencia si nuestra fe es auténtica es porque nuestro corazón es engañoso. Cuando decimos que nuestra fe es genuina y basamos esta confianza en lo que sentimos, debemos recordar lo que Dios afirma en su Palabra: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jer. 17:9).

Si nuestro corazón es engañoso y nuestro juicio espiritual está limitado por el pecado, ¿cuál sería un mejor y más confiable estándar para probar si estamos “en la fe”?

A lo mejor, si le preguntara a un par de creyentes qué les garantiza que su fe es auténtica, algunos podrían decir: “bueno, yo asisto regularmente a la iglesia”. Otros descansarían en el hecho de servir en un ministerio, tener conocimiento teológico, haber hecho una oración de fe o tener una profunda convicción de su pecado.

Sin embargo, me temo que muchos amigos, que afirmaban cumplir con todas estas actitudes externas de fe, hoy están en el mundo y son enemigos de Dios.

Aparentar rectitud moral es fácil; sólo basta con asistir cada domingo a la congregación, abrir la Biblia y diezmar, y todos en la iglesia estarán convencidos de que somos “fieles seguidores de Cristo”.

Muchos prefieren basar su fe en estas cosas, porque la verdadera fe implica un sacrificio personal intenso. A pesar de eso, algunos pueden considerarse en lo correcto según su propia opinión, pero el Señor examina el corazón (Pr. 21:2).

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 En lugar de responder con ligereza si somos cristianos auténticos basados en una aparente rectitud visible, deberíamos usar un estándar mucho más confiable: la Palabra de Dios.

Como señalé arriba, el profeta Jeremías entendió cuán perverso y engañoso es el corazón del ser humano, y cómo es capaz de llevarnos a una fe muerta. Sin embargo, llama la atención que cuando él se pregunta: ¿quién conocerá el corazón del hombre?, en seguida declara, inspirado por Dios: “Yo, el Señor, escudriño el corazón, pruebo los pensamientos, para dar a cada uno según sus caminos, según el fruto de sus obras” (Jer. 17:10).

Cuando Dios escudriña el corazón de una persona, emite un diagnóstico veraz de su condición espiritual. Una vez que Dios abre las cortinas de nuestro interior y examina lo que hay dentro, toda apariencia de piedad se derrumba, porque ninguna cosa creada escapa a la vista de Dios. Todo está al descubierto, expuesto a los ojos de aquel a quien tendremos que rendir cuentas.

Dios conoce nuestro corazón y sabe si en él hay una fe auténtica o fanática. Y ese juicio lo emite a través de su Palabra, pues sólo ella puede penetrar hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzgar los pensamientos y las intenciones del corazón (He. 4:12-13).

De modo que, si realmente deseamos probar si estamos en la fe, debemos usar la misma herramienta que Dios usa para escudriñar nuestras almas. Sólo la Biblia nos podrá decir si estamos en Cristo y si el fruto que tenemos es digno de arrepentimiento.

Mi objetivo es que Verdadera fe salvadora sirva como una guía para aquellos que desean hacer un cuidadoso examen del estado actual de su vida.

Para ello, procuraré centrarme en los aspectos más prácticos de la fe, es decir, la fe puesta en acción y sus frutos. Y dejaré el final para dar una corta mirada a la realidad de que la fe es un don de Dios y uno de los pasos en el orden de la redención, a la cual precede el llamamiento del evangelio y le siguen la santificación y la perseverancia.

Oro para que el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Cristo, Él mismo nos perfeccione, afirme, fortalezca y establezca (1 P. 5:10).