La importancia de examinar si estamos en la fe

«Examínense para ver si están en la fe; pruébense a sí mismos. ¿No se dan cuenta de que Cristo Jesús está en ustedes? ¡A menos que fracasen en la prueba!».

2 Corintios 13:5 (NVI)

El “cristianismo” ha tenido tantos enfoques que muchos han llegado a distinguirlo entre el “falso” y el “verdadero”. Pero lo cierto es que estas distinciones no existían en los primeros años de la iglesia.

No imagino a Pedro preguntándole a sus primeros discípulos si eran “cristianos genuinos”, porque, en aquellas épocas, la palabra “cristiano” era un término despectivo que judíos y gentiles usaban para referirse a los que eran “del partido de Cristo”, es decir, aquellos que se identificaban con aquel hombre nacido en Nazaret, recientemente crucificado como un criminal.

Sin embargo, la distinción entre el verdadero y el falso cristianismo toma relevancia en la actualidad, porque lo que en tiempos antiguos era una insignia de la fe cristiana, como, por ejemplo, el amor abnegado, la oración ferviente, la defensa férrea de la fe o, incluso, la muerte, en estas épocas se ha convertido en un asunto demasiado radical como para vivirlo.

El título “cristianoestá tan desgastado que políticos, figuras de redes sociales, cantantes y hasta estrellas de cine se lo atribuyen con el único fin de aumentar sus seguidores. Todo esto es una prueba de que hemos perdido de vista las raíces del auténtico cristianismo, a tal punto que algunos que profesan la fe ni siquiera saben qué —o a quién— siguen.

Podría enumerar varias razones por las que esto ocurre, pero creo que la principal causa es que el corazón del ser humano es ágil para fabricar falsas seguridades. ¿A qué me refiero con esto? Muy simple: el alma siempre busca la manera de sentirse bien, a pesar de que todo va mal.

Por eso, aunque muchas personas saben que no están viviendo el verdadero cristianismo —me refiero a ese que te invita a negarte a ti mismo y tomar la cruz—, aun así, se autoconvencen de todo lo contrario y se proclaman seguidores de Jesús, mientras Él les dice: “Jamás los conocí. ¡Aléjense de mí, hacedores de maldad!” (Mt. 7:23 NVI).

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Como mencioné en la introducción de este libro, el corazón es perverso y engañoso (Jer. 17:9). Lo anterior quiere decir que, cuando creemos que estamos transitando por el camino angosto que conduce a la vida eterna, deberíamos detenernos, mirar al horizonte y preguntarnos si acaso no estamos caminando por el sendero ancho, que conduce a la perdición.

Mi objetivo no es que, si crees estar firme en la fe, dudes sobre tu identidad en Cristo y tu salvación. Más bien, quiero que en este capítulo reflexionemos sobre la necesidad de examinarnos y probarnos a nosotros mismos, y esto en razón de que, por muchos años, pastores y teólogos han desdibujado las marcas del auténtico cristianismo, tanto que, creyentes en todo el mundo, viven una apariencia externa de piedad que no garantiza que realmente sean salvos.

Quisiera contarte que, cuando empecé mi vida cristiana, a los 17 años, creía que era un verdadero cristiano, a pesar de que no daba evidencia de los frutos que la Biblia enseña. En aquel entonces, asistía a una iglesia que enseñaba que el objetivo de nuestra fe era obtener todas las bendiciones terrenales y espirituales que Dios tiene preparadas para nosotros.

Tras bautizarme y empezar mis estudios en la escuela dominical, se me enseñó que las evidencias de la verdadera fe eran sueños cumplidos, bienes materiales, fidelidad a la iglesia y sus líderes, diezmar con frecuencia y servir en un ministerio.

Con el tiempo, me convencí de que era un creyente “conforme al corazón de Dios”, porque cumplía cabalmente con las exigencias externas de la fe. Pero, lo que ninguno sabía era que, cuando llegaba a mi casa y me encerraba en el cuarto, tenía que luchar con mi debilidad de carácter, amor por el pecado, rencores y falta de perdón, incluso desdén por la oración ferviente y el estudio serio de la Palabra.

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Recuerdo que mi mente me llevó a pensar que el cristianismo que profesaba era genuino porque nadie me decía lo contrario. Fue así como, mientras confesaba con mi boca que Cristo era mi Señor, mi corazón no hacía justicia al primer mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza” (Dt. 6:5).

Mi vida era como la de aquel fariseo que oraba: “oh Dios, te doy gracias porque no soy como otros hombres: ladrones, malhechores, adúlteros”, pero sin saber que yo también estaba reprobado por la santa justicia de Dios (Lc. 18:11).

Cuando recuerdo esta anécdota, con la lejanía necesaria del tiempo, caigo en cuenta de cuán engañado estaba. Sin duda, el corazón del hombre es una máquina para fabricar ídolos y fingir una rectitud visible.

De allí que, si queremos ser hallados delante del omnisciente Dios del universo como personas aprobadas, necesitamos hacer un riguroso autoexamen que nos revele en qué condición se encuentra nuestra fe.

El ejemplo de los corintios

Quizá la iglesia que más problemas le causó al apóstol Pablo fue la de Corinto. Esta congregación fue fundada en el segundo viaje misionero del predicador, como lo relata el libro de Hechos en el capítulo 18. Al igual que casi todas las iglesias de Asia Menor, esta congregación tuvo su origen en una sinagoga judía, liderada por Priscila y Aquila, y ubicada en una de las zonas del imperio romano con mayor desarrollo económico, cultural y religioso.

De acuerdo con las Escrituras, Pablo logró ministrar en esta sinagoga por un periodo de año y medio, tras lo cual fue conducido por los líderes judíos ante un tribunal romano, debido a su predicación. Luego de este suceso, el apóstol encargó a líderes el cuidado de la iglesia y se fue con Priscila y Aquila a la ciudad de Éfeso, desde donde, años más tarde, escribió varias cartas para esta comunidad.

Lo particular de la iglesia corintiana es que, a pesar de la ferviente predicación de Pablo y sus múltiples demostraciones de poder, gran parte de la congregación era incapaz de romper totalmente con la cultura de la cual venía. Al estudiar los temas de que trata la primera epístola, notamos que los cristianos de Corinto eran divisivos, carnales e inmaduros.

De todos estos problemas, quizá el más delicado era que la iglesia estaba plagada por la mundanalidad y una falta de disposición para divorciarse del paganismo. Por ejemplo, en el capítulo 3 de 1 Corintios, Pablo los reprende, diciendo: “aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres?” (vs. 3).

En otras secciones de la epístola, el apóstol reprochó el hecho de que muchos seguían adorando a falsos ídolos mientras que, durante los cultos, profesaban ser seguidores del Señor.

Después de la amonestación de Pablo en su primera carta, la iglesia cambió sus hábitos por un tiempo, pero luego volvió a sucumbir ante el pecado. Temiendo el estado espiritual de la iglesia, el apóstol envió desde Éfeso a Timoteo, quien le dio de regreso un reporte todavía más doloroso que antes: ahora la congregación no sólo había vuelto a participar del paganismo, sino que permitió la entrada de falsos apóstoles que estaban poniendo en tela de juicio el ministerio de Pablo.

Es en este contexto que aparece la exhortación: “Examínense para ver si están en la fe; pruébense a sí mismos. ¿No se dan cuenta de que Cristo Jesús está en ustedes? ¡A menos que fracasen en la prueba!” (2 Co. 13:5).

En otras palabras, el valiente misionero les dijo: “ustedes se hacen llamar cristianos porque pertenecen a la colectividad de Cristo, pero, ¿saben si realmente su fe es genuina? Además de las actitudes externas de piedad, ¿tienen alguna otra prueba de que la fe que profesan es de Dios y no del mundo?”.

El llamado de Pablo iba en dos sentidos. Primero, los exhortó a examinarse para ver si estaban en la fe y, por otra parte, los llamó a probarse a sí mismos, con base en la obra de Cristo en ellos.

Examina tu corazón

La palabra “examinar” en la Biblia tiene diferentes significados. En el caso de 2 Corintios 13:5, este verbo griego, traducido peirázo,significa “escudriñar” y tiene la idea de “perforar” o “pasar a través de”, para ver qué hay dentro.

De acuerdo con el contexto del pasaje, Pablo le está diciendo a los corintios que escudriñen en lo más profundo de su alma cuál es el estado de su fe. No se trata de echar un vistazo a la situación, ni si quiera analizar la superficie del problema, se refiere a penetrar en las recamaras más obscuras del corazón, de donde se originan los pensamientos y las intenciones.

Como los corintios, podemos asegurar que nuestra fe es genuina basando nuestro examen en aquellas cosas que se ven con los ojos. Por ejemplo, alguno podría decir que es un creyente verdadero porque estudia teología o predica la palabra. Otro diría que superó el examen porque cada domingo asiste a la iglesia y hasta diezma y ofrenda. Pero lo cierto es que hay muchos que hoy están en el infierno y que hacían todas esas cosas.

El llamado de Pablo va más allá de lo que se ve a simple vista; él apela a una prueba mucho más difícil de pasar: la prueba del corazón.

Quisiera citar la historia del joven rico como ejemplo, para que comprendamos en qué consiste el verdadero examen al que se refiere el apóstol Pablo.

Esta famosa historia, que se encuentra en el evangelio de Mateo (10:17-22), dice que un joven muy adinerado se le acercó a Jesús y le preguntó qué tenía que hacer para heredar la vida eterna. El maestro le dijo que cumpliera los mandamientos de la Ley de Moisés: “No mates, no cometas adulterio, no hurtes, no des falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre”, dijo.

Contento, el joven rico confesó: “Maestro, todo esto lo he guardado desde mi juventud”, a lo cual Jesús, que escudriña los corazones, respondió: “Una sola cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme”.

El pasaje concluye diciendo que el hombre se desanimó y se fue triste, “porque tenía muchas riquezas”.

Este texto tiene una riqueza teológica especial. Notemos que Jesús no citó cada uno de los diez mandamientos, sino sólo del quinto al noveno, que representan nuestro compromiso ético y moral con el prójimo. Pero, ¿por qué no mencionó todos los mandamientos de la Ley? Creo que Jesucristo quería examinar —penetrar en lo más profundo— del corazón del hombre. Para hacerlo, enumeró las características de la Ley que, a simple vista, son más sencillas de exhibir en público.

Sin embargo, cuando el joven rico se sintió lo suficientemente “cristiano” como para heredar la vida eterna, nuestro Señor fue más allá y le exigió que dejara todas sus posesiones materiales, lo que reveló su codicioso corazón. La razón por la que este hombre fue reprobado es porque amaba más sus riquezas que a Dios, infringiendo así el primer mandamiento.

Cuando el joven se fue, el texto dice que Jesús volteó la vista y les dijo a sus discípulos: “¡Qué difícil es para los ricos entrar en el reino de Dios!” (vs. 23). Dicho de otra manera: ¡qué difícil es para una persona que no da evidencias reales de un corazón contrito y humillado, entrar en el cielo!”.

Así como Jesús con el joven rico, Pablo nos amina a hacer un chequeo profundo del estado real de nuestro corazón mediante su Palabra, la única capaz de penetrar hasta lo más hondo de nuestro ser y discernir las intenciones de nuestra alma (He. 4:12). Recuerda: la Biblia es un espejo a través del cual podemos ver cara a cara quiénes somos en realidad.

Prueba tu fe

La segunda palabra que utiliza el apóstol en el mismo verso es “pruébense” (dokimázo). Aunque esta expresión es un sinónimo de “examínense”, tiene sutiles e interesantes diferencias.

En el contexto del pasaje, “probar” se refiere a “poner a prueba” algo. Mientras que examinarse apunta a las intenciones más profundas del corazón, probarse tiene que ver con presentar evidencia suficiente para demostrar un hecho. Este aspecto se relaciona con la confianza que transmitimos debido a nuestras conductas, en otras palabras, exhibe la fe de manera práctica.

En este sentido, los corintios se habían acostumbrado a identificarse con la religión cristiana, como si se tratara de un club social, aunque no representaban con sus actos las normas de dicha colectividad.

La razón por la que el estado espiritual de los corintios era tan lamentable, es porque ellos aseguraban que Dios estaba de acuerdo con sus pecaminosas prácticas. Es decir, no contentos con negar el apostolado de Pablo, volver al mundo y permitir la falsa doctrina en la iglesia, estos hombres y mujeres creían que Dios estaba de acuerdo con su falso cristianismo.

En un mundo plagado por el engaño, probar nuestra fe no sólo es útil para la expansión del Evangelio, sino que es un mandato divino. A los corintios, Pablo les recordó que cada uno era una “carta leída y conocida por los hombres” (2 Co. 3:2-4), y que debían reflejar con sus vidas los valores y virtudes del Reino. Dicho de otro modo, el sermón principal de nuestras vidas debe ser nuestra conducta. Eso es lo que explica porque esta nueva generación de cristianos ha llegado a creer que es posible “aceptar” a Cristo sin renunciar al mundo.

Quisiera iluminar tu mente con una idea: aparte de Dios, nadie más que tú puede probar lo que hay en tu corazón. Uno mismo sabe si está o no en la fe porque nuestro cuerpo habla. De allí que, decir que somos seguidores de Cristo basados en una simple confesión de fe es un autoengaño peligroso; pero decir que somos seguidores de Cristo mientras vivimos en el mundo es hipócrita y algo más que blasfemo.

Como ya mencioné, probarnos a nosotros mismos implica presentar evidencia suficiente para demostrar un hecho, es por eso que Jesús les advirtió a sus discípulos que se cuidaran de los falsos creyentes, diciendo: “No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos […] Así que, por sus frutos los conoceréis” (Mt. 7:18, 20).

Vale la pena preguntarnos entonces: ¿cuáles son las evidencias más contundentes que podemos presentar delante del trono de Dios para probar nuestra fe?

Este libro promete explorar cada una de esas evidencias, pero quisiera darte un adelanto que lo resume todo: estar en Cristo.

Cristo: el estándar supremo

Me llama mucho la atención lo siguiente que Pablo les dice a los corintios: “la única prueba de la autenticidad de su fe es que Cristo está en ustedes”.

El apóstol no presenta una lista de cosas que ellos deben cumplir a cabalidad para pasar la prueba. Para él, resulta irrelevante si ellos siguen a este o aquel apóstol, si hacen milagros o echan fuera demonios, ni siquiera si ofrendan para ayudar a la iglesia de Jerusalén. La única norma vigente y la más segura que Pablo presenta es que Cristo está en sus corazones.

Aunque profundizaremos más sobre qué es la verdadera fe, quiero decirte que Jesucristo es la única fuente de donde mana el verdadero cristianismo. A sus discípulos, les dijo: “el que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer” (Jn. 15:5).

La vida cristiana se desarrolla sobre la base de absolutos: lo entregas todo o no entregues nada. El Señor dice: “separados de mí nada pueden hacer”, pero en otro pasaje declara: “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas” (Mr. 12:30). De nuevo, se trata de todo o nada.

Dios no quiere una parte de nuestros corazones. No quiere unos minutos de nuestro tiempo. Dios no nos exige que le sigamos en parte o que le amemos en alguna medida; Él lo quiere todo, “porque de Él, y por Él, y para Él, son todas las cosas” (Ro. 11:36).

Como mencioné más atrás, este no era mi caso cuando empecé la vida cristiana. Recuerdo que la consciencia sobre la verdadera fe empezó a tener un nuevo rumbo el día en que un amigo me compartió una prédica titulada: “Un mensaje impactante para la juventud”, de Paul Washer. En el sermón, una frase llamó poderosamente mi atención:

“Lo que necesitas saber es que la salvación es por la fe y sólo por la fe en Jesucristo. Y la fe en Jesucristo es precedida y seguida por el arrepentimiento, por un rechazo al pecado, por un desprecio por las cosas que Dios detesta y por amor a las cosas que Dios ama, por una santidad creciente y un deseo de no ser como Britney Spears, ni ser como el mundo, ni ser como la mayoría de los cristianos modernos, sino de ser como Jesucristo”.[1]

Entonces, ¿cómo debemos examinarnos y probarnos a nosotros mismos si estamos en la fe? La respuesta a esta pregunta no es una lista de acciones, creencias o dogmas, es una persona: Cristo.

Él enseñó que, si alguno quiere ir en pos de Él, necesita negarse a sí mismo, y tomar su cruz, y seguirlo (Mt. 16:24). Por eso, un adecuado autoexamen debe empezar por la pregunta: ¿es el Señor el centro de mi vida? ¿Amo a Jesucristo con todo mi ser? ¿Estoy sujetado por medio de la fe a esta vid verdadera? O, por el contrario, ¿me he conformado con ser parte de una mera religión?

Si Dios penetrara en las recamaras más profundas de mi corazón, ¿hallaría fe? ¿Cuál sería la valoración que Dios haría acerca de mi condición espiritual luego de examinarme?

Todo cristiano debería tener la capacidad de responder a estas preguntas sin problema. Aun así, reconozco que ninguno está exento de la advertencia de Pablo a examinarse a sí mismo. De hecho, en su primera epístola, el apóstol le insinuó a los corintios: “el que cree que está firme, tenga cuidado, no sea que caiga” (1 Co. 10:12 LBLA).

Junto con la oración y la lectura diaria de la Palabra, nos vendría muy bien responder a estas preguntas con total sinceridad. Estoy convencido de que, el primer paso para una fe genuina, es reconocer nuestra bancarrota espiritual y nuestra profunda dependencia del Dios que lo sabe todo, hasta nuestros más íntimos secretos (Mt. 5:3).

Te invito a hacer esta oración: Señor, reconozco que tú eres el único que puede escudriñar mi corazón y darme una respuesta sobre la condición de mi alma. Transforma mi vida, para que sea sensible a tu Palabra, y ayúdame a vivir una fe genuina que repose sobre la gloriosa obra de Cristo en la cruz. Hazlo por aquél en quien encuentro salvación. Amén.


[1] Paul Washer, “Un mensaje Impactante para la Juventud – Paul Washer”, vídeo de Youtube, 58:50, publicado el 2 de enero de 2002, https://bit.ly/3vYzDhs.

Este artículo fue tomado del primer capítulo del libro Verdadera fe salvadora, disponible a la venta en El Camino de Damasco. Todos los derechos reservados.