¿En qué consiste la verdadera fe?

«Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve» Hebreos 11:1.

Puesto que muchos teólogos han arrojado más confusión que luz sobre qué es la fe, este capítulo empezará explicando lo que no es la fe. Primero: la fe no es una llave que abre los cielos para que recibas todas las bendiciones terrenales que Dios tiene para los creyentes. Es común escuchar a personas decir que tienen fe para obtener un beneficio de cierto tipo. Sin embargo, este tipo de lenguaje es más propio del márquetin neuronal o programación neurolingüística (PNL) que del bíblico.

Segundo: la fe no es un poder misterioso que alguien posee y con el cual puede hacer que cosas imposibles ocurran. No quiere decir que la fe no pueda lograr lo imposible (Mt. 17:20), más bien que hay muchos cristianos que creen que la fe es una fuerza mística que les permite cumplir sus más exigentes deseos personales. La fe no es algo que una persona posee para lograr lo imposible, la fe es algo que Dios otorga al pecador para llevar a cabo Su santa voluntad. Esa es la gran diferencia: no se trata de alguien puede lograr con la fe, se trata de lo que Dios ya logró mediante la fe.

Tercero: la fe verdadera no es un sentimiento y mucho menos una emoción espontánea. Cuando los discípulos se encontraban en el mar y una furiosa tempestad azotó su barca, los hombres le gritaron a Jesús, quien se encontraba dormido: “!Señor, sálvanos, que perecemos!” (Mt. 8:25). Es seguro que los discípulos sintieron terror de morir y, al mismo tiempo, esperanza de que el mesías podía salvarlos. La fe de ellos apuntó a su Maestro y por eso le rogaron “¡sálvanos!”. Pero lo interesante es la respuesta de Jesús: “¿Por qué teméis, hombres de poca fe?” (v. 26). Jesús hubiese podido decirles: “¡qué gran fe tienen ustedes al acudir a mí en medio de la tormenta!”. En lugar de eso, reprocha su poca fe. ¿Por qué? Porque la verdadera fe no descansa en emociones pasajeras; la fe verdadera requiere una convicción genuina en la fidelidad de Dios. El texto narra que Jesús, levantándose, reprendió a los vientos y al mar, y todo quedó completamente tranquilo. Por supuesto que el Señor no esperaba que ellos hicieran eso, porque sólo Dios es omnipotente y soberano sobre la creación. Más bien, Jesús los animó a rechazar ese tipo de fe que surge de las emociones, para tener una fe que brota de una profunda convicción en su fidelidad.

Entonces, ¿en qué consiste la verdadera fe? A continuación, se analizará el texto bíblico de Hebreos 11:1.

La certeza de lo que se espera

Una de las porciones bíblicas que con mayor precisión define qué es la fe es Hebreos 11:1. Allí, el autor hace dos claridades acerca de este don[1] de Dios; por una parte, dice que es la “certeza de lo que se espera” y, por otra, asegura que es la “convicción de lo que no se ve”.

Tomando como punto de partida este pasaje bíblico, es posible resumir la fe como sigue: la fe es la seguridad que tiene un creyente de obtener aquello que se le ha prometido y la certeza de que, en el momento oportuno, eso llegará.

Es de notar que este pasaje empieza así: “es, pues, la fe”. El escritor usa un conector para unir la idea que viene desarrollando con esta nueva sección. Para entender a qué se refiere el autor con “fe”, debemos comprender primero de qué hablaba antes de llegar al capítulo 11.

El libro de Hebreos es un fabuloso tratado de teología pactual, es decir, la que estudia los pactos y promesas que Dios le ha dado a su pueblo, para redimirlos de la esclavitud del pecado. Cuando se llega al capítulo 10, el tema central que desarrolla el escritor es la promesa de Dios de salvar a su pueblo en Cristo, para lo cual este Verbo encarnado tuvo que venir al mundo a morir por los pecados de los creyentes.

Esta obra de Cristo consistió en establecer el nuevo pacto entre Dios y los hombres. Hebreos 10:16-17 dice, citando el libro de Éxodo: “Este es el pacto que haré con ellos. Después de aquellos días, dice el Señor: pondré mis leyes en sus corazones, y en sus mentes las escribiré”. Y añade: “y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones”.

¿Cuál debe ser la respuesta del creyente ante esta gloriosa obra de Cristo? El verso 22 del mismo capítulo lo explica así: “acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe”.

La vida cristiana trata de perseverar en la salvación que el Señor ya le otorgó a los que son suyos. Para ello, el cristiano debe mantener su confianza en aquel ganó por él esa salvación. Con paciencia, necesita seguir esperando obtener de Dios eso que se le prometió (He. 10:25-36).

En el Antiguo Testamento, las personas recibieron por fe la promesa de salvación en el mesías, y sólo quienes creyeron en ella, viéndolo a futuro, obtuvieron la bendición. En el caso de los creyentes modernos, se les llama a mirar hacia atrás a la cruz de Cristo y confiar por fe en que su sacrificio expiatorio es suficiente para redimirlos del pecado. Pero ¿qué podría pasarle a una persona que, viendo hacia atrás a la cruz, decide perder la esperanza en su Señor? En ese caso, su fe está muerta y no le bastaría una vida de buenas obras para ser salvo.

Cuando el autor de Hebreos llega al versículo 1 del capítulo 11 y dice que la fe es la “certeza de lo que se espera”, está diciendo que la verdadera fe es la confianza absoluta en Dios de que cumplirá lo que prometió, esto es, salvar a su pueblo en su Hijo. Dicho de otra manera, la fe reposa en la fidelidad de Dios, y esto debido a que “Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?” (Núm. 23:19).

La verdadera fe demanda un convencimiento absoluto de la fidelidad de Dios y de que dará, en su Hijo, aquello que ha prometido darle a sus hijos.

La convicción de lo que no se ve

La fe también es eso que mantiene al creyente aferrado a Cristo. Pablo les escribió a los colosenses: “pues ustedes han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios” (Col. 3:3 NVI).

Pero, si Dios está en los cielos, ¿cómo podemos estar seguros de que las vidas de los creyentes están “escondidas con Cristo en Dios”? Lo que hace que una vida permanezca con Cristo en Dios es la fe. Sin ella, la persona estaría desligada de Dios como partículas sueltas en el universo.[2]

De allí que, la “convicción” a la que se refiere Hebreos 11:1, tiene que ver con “estar persuadidos” de que lo que se tiene por creencia es real.

Contrario a lo que muchos líderes cristianos afirman, la fe no se basa en una creencia irracional. Llama la atención cuando una persona dice: “a Dios no hay que entenderlo, a Dios hay que obedecerlo”. La frase suena bien, pero Dios no se deleita con una fe irracional y ciega. Al contrario, Dios le da el don de la fe (Ef. 2:8-9[3]) a una persona al mismo tiempo que le convence de que lo que dice en su Palabra es verdad (Ro. 10:17; cf. Is. 52:15, 53:1).

Esta ha sido la razón por la que los teólogos liberales, apoyados en métodos humanísticos de interpretación, han llegado a la conclusión de que muchas porciones de la Biblia no son ciertas, por el supuesto de que no son ‘racionales’.

¿Debemos creer que Dios creó la tierra en seis días? Algunos teólogos afirman que los primeros capítulos del Génesis son una alegoría sobre la creación del universo. ¿Que Dios abrió el mar para que los judíos huyeran de los egipcios? Decenas de críticos afirman que esto es imposible a los ojos de la ciencia. No obstante, Dios no le pide a sus hijos tener una fe irracional y ciega, al contrario, la fe que agrada a Dios es la que, aun sin ver, confiesa: “creo que lo que has dicho y lo que has hecho es real, porque así lo prueba tu Palabra”. Fe es tener la convicción de que cada cosa que la Palabra enseña sobre el ser de Dios y sus promesas es verdad. Los cristianos deben ser menos como Tomás, que pidió ver las heridas en las manos de Jesús para comprobar que había resucitado (Jn. 20:24-29), y ser más como Pablo, quien animó a sus seguidores a “que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros” (Hch. 17:27).

En resumen, la fe es la certeza de que se obtendrá lo que Dios ha prometido dar y es la convicción de que Dios es lo que dice ser y hará lo que dijo que hará, aunque Él es invisible. En su Institución, Juan Calvino definió la fe de manera brillante:

Podemos obtener una definición perfecta de la fe si decimos que es un conocimiento firme y cierto de la voluntad de Dios respecto a nosotros, fundado sobre la verdad de la promesa gratuita hecha en Jesucristo, revelada a nuestro entendimiento y sellada en nuestro corazón por el Espíritu Santo.[4]

Por esa razón, el autor de Hebreos concluye: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (He. 11:6).

Ahora bien, se concluirá este capítulo con una reflexión que sintetiza todo lo que se ha dicho atrás, y que enseña que la verdadera fe salvadora se compone de tres elementos: conocimiento, creencia y confianza.

La fe es conocimiento

En su libro Solamente por gracia[5]Charles Spurgeon explica que la verdadera fe salvadora requiere de conocimiento, creencia y confianza en Dios.

Cuando el autor dice que la fe es conocimiento, se referimos a que la certeza y la convicción provienen de un adecuado entendimiento de las Escrituras. En este caso, la verdadera fe salvadora “viene por el oír, y el oír, por la Palabra de Dios” (Ro. 10:17), porque, “¿cómo creerán en quien no han oído?” (v. 14).

Antes de tener fe en algo hay que conocer ese algo. Con acierto el salmista aseguró que la única manera de confiar en Dios es conocer quién es Dios: “En ti confiarán los que conocen tu nombre” (Sal. 9:10a).

Esa es la razón por la que el creyente debe perseguir el conocimiento del Santo (Pr. 9:10) y dedicarse a diario a la lectura de su Palabra (Sal. 119:1). El profeta Isaías le dijo al pueblo de Israel, de parte de Dios: “Inclinad vuestro oído, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma” (Is. 55:3). La fe que salva se nutre de un conocimiento correcto de las Escrituras; sin la Biblia, el alma del ser humano es incapaz de recibir el don de Dios.

¿Qué parte de las Escrituras se deben conocer? Si bien la Biblia tiene 66 libros y más de 1.500 páginas, el cristiano debe procurar conocer, ante todo, el Evangelio.

Es necesario que escudriñe la Palabra y aprenda lo que el Espíritu Santo enseña sobre Cristo y la salvación. Leer la Biblia y saborear su buena noticia: el perdón gratuito, el corazón restaurado, la adopción en la familia de Dios y las bendiciones de permanecer con Cristo en Dios.

Necesita conocer ante todas las cosas a la persona de Cristo, el Hijo de Dios, quien se hizo carne y habitó en el mundo para enseñar obediencia y para satisfacer las exigencias de la Ley. Así mismo, debe entender cómo actuó como mediador entre Dios y los hombres, poniendo su mano sobre el juez de toda la tierra y los pecadores para reconciliarlos.

El creyente debe procura con diligencia conocer la doctrina del sacrificio expiatorio de Cristo, es decir, de cómo el Señor fue un sustituto perfecto por los pecado, crucificado y muerto en la cruz para que su rectitud fuese imputada a los creyentes mediante la fe.  Este es el punto principal de la fe salvadora, que “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados” (2 Co. 5:19). La fe comienza con el conocimiento del Evangelio.

La fe es creencia

El segundo elemento de la fe es creer en aquello que se conoce. De nada sirve saber todos los misterios de la fe cristiana si no se cree ni una sola palabra. Una vez el seguidor de Cristo estudia el Evangelio, debe pedirle al Espíritu Santo que selle esas palabras en su corazón. La fe brilla en un alma que cree que Dios existe y que oye el clamor de los corazones sinceros.

La fe genuina cree que el Evangelio procede de Dios, que la justificación por la fe es la gran verdad que nos ha sido revelada en estos tiempos. Luego sigue creer con el corazón que Jesús en realidad es el Hijo de Dios, nacido de una virgen y sin pecado, el salvador y redentor, el profeta más grande, el sacerdote más fiel y el rey más perfecto. Todo esto necesita aceptarlo el alma como una verdad.

La fe es confianza

¿Qué se necesita además de conocimiento y creencia para una verdadera fe? Una confianza absoluta en las promesas de Dios. Como señaló Santiago, la fe sin obras está muerta (Stg. 2:17). Lo anterior no quiere decir que la salvación es por fe más obras. La salvación es por gracia sola, mediante la fe sola, en Cristo sólo. Lo que afirma Santiago es que la verdadera fe salvadora se expresa en una actitud de confianza, que capacita al creyente para vivir lo que cree.

Los mejores deportistas extremos no han llegado a ser considerados como tales porque conocían cómo lanzarse de un helicóptero a kilómetros de altura, ni siquiera porque creyeran que podían hacerlo. Para probar su valía, ellos tienen que lanzarse al vacío y poner a prueba su conocimiento. Así mismo, la Biblia anima a todos a entregarse confiadamente al Dios de misericordia y poner su confianza en el Evangelio de gracia. Como afirmó Spurgeon:

Abandona tu alma confiadamente al Salvador muerto y resucitado por ti; contempla confiando la limpieza de tus pecados en la sangre expiatoria de Jesús; acepta cual tuya su Justicia Perfecta, y todo estará bien.[6]

La confianza es la esencia vital de la fe, sin ella, no hay fe salvadora. De manera urgente, quienes se acercan a Cristo deben apoyarse en Él, recostarse sobre esta roca inamovible. Si hace esto, habrá puesto su fe en práctica. Sobre esto, Spurgeon añade:

La fe no es cosa ciega, puesto que principia por el conocimiento. No es cosa de conjeturas, por cuanto la fe se funda en hechos ciertos. No es cosa de sueños, porque la fe encomienda su destino reposadamente a la verdad de la revelación Divina.[7]

Así que, ¿qué es la fe? La fe es un don de Dios para salvación que capacita al creyente para creer que Cristo es lo que se dice ser, que hará lo que ha prometido hacer y esperar que sea cumplido, aunque todavía no sea visible.


[1] Cuando este trabajo se refiere a la fe no se refiere a la “fe milagrosa”, descrita en 1 Corintios 12:9, que se trata de una persuasión milagrosa operada en la mente de una persona de que un milagro será producido por Dios a su favor. Se refiere a la fe salvadora, que tiene asiento en el corazón y está enraizada en la vida regenerada, siendo no una actividad del hombre sino una potencia latente producida por Dios en el corazón del pecador.

[2] Esto se conoce como la “Unión mística”. Sobre este concepto, Berkhof escribió que la fe es “un don de Dios y en tal concepto es parte de los tesoros que están escondidos en Cristo. Nos capacita para apropiarnos de la parte que es nuestra y que nos es dada en Cristo, y para entrar en el gozo consciente, y siempre en aumento, de la bendita unión con Cristo que es la fuente de todas nuestras riquezas espirituales” (Teología Sistemática, 535-536).

[3] La construcción gramatical de Efesios 2:8 apunta a que la fe es un don de Dios. La fe salvadora es esa dádiva divina que el Padre otorga a quienes predestinó para vida eterna (Jn. 6:37; cf. Ro. 8:28-30; Fil. 2:13). Esto concuerda con varios pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento, que afirman que el ser humano está depravado radicalmente a causa del pecado y es incapaz de acercarse a Dios en fe, por lo que necesita de Su intervención directa y exclusiva para poder ver y entrar en el reino (Juan 3:3-9; cf. Gn. 6:5; Dt. 29:4; Sal. 14:1-3, 51:5, 53:1-3; Is. 64:6-7; Jer. 13:23; Ez. 36:26; Jn. 5:42, 6:44; Ro. 3:9-18, 23, 7:18, 23, 8:7; 1 Co. 2:14; Ef. 2:1-3, 4:18, 5:8; 2 Ti. 3:4; Tit. 1:15-16).

[4] Juan Calvino, “De la fe”, en Institución de la Religión Cristiana (III) (1597), https://bit.ly/3kR2HnP.

[5] Charles Spurgeon, Solamente por Gracia (Estados Unidos: Kregel Publications, 1860), https://bit.ly/3tK8PQy.

[6] Spurgeon, “Solamente por gracia”, 19.

[7] Spurgeon, “Solamente por gracia”, 19.

Este artículo fue tomado del segundo capítulo del libro Verdadera fe salvadora, disponible a la venta en El Camino de Damasco. Todos los derechos reservados.