Lo que Jesús enseña sobre aquellos que serán verdaderamente salvos

«No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día, “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?”. Entonces les declararé, “Jamás los conocí; apártense de mí, los que practican la iniquidad”» Mateo 7:21-23 (NVI).

Hace poco leí un artículo titulado: Cómo sobrevivir al pasaje más aterrador en la Biblia, que se encuentra en Mateo 7:21-23. En la publicación, el pastor y teólogo Justin Dillehay reflexiona:

Es espantoso pensar en ir al infierno. Es mucho más espantoso darse cuenta muy tarde de que irás al infierno cuando pensabas que ibas a ir al cielo. Y aún más espantoso es pensar que no serán sólo unos cuantos, sino que serán «muchos» los que experimentarán esto. Algunas personas piensan que son cristianas, llaman a Jesús «Señor», hasta hacen grandes cosas en su nombre, y ni siquiera son realmente salvas y nunca lo fueron.

Justin Dillehay

La pregunta que formula el escritor párrafos después llama poderosamente mi atención: “¿Quiénes entonces pueden saber si serán salvos?”.

No es hacer, es conocer

Antes de responder a estas preguntas, quisiera repasar algunas cosas que no garantizan que somos salvos, ni mucho menos que tenemos una verdadera fe salvadora.

Para ello, debemos observar el versículo 22 de Mateo 7, en el que Jesús dice: “Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?”.

De acuerdo con el Maestro, las marcas del auténtico cristianismo no tienen nada que ver con profetizar, echar fuera demonios o hacer muchos milagros; el problema de estas personas era que su seguridad descansaba en poder hacer estas obras.

Recuerdo que hace mucho tiempo me invitaron a una iglesia en la que sus líderes probaban la fe de sus miembros con el don de lenguas. Para ellos, “hablar en lenguas” —o lo que ellos consideraban ‘idiomas angelicales’— era la prueba fehaciente de que el Espíritu Santo habitaba en ellos. Como yo estaba en mis primeros años de vida cristiana, les pregunté a mis amigos si ellos podían hablar en lenguas.

—No —me respondió uno.

—Pero ¿no me dijiste que ya te habías bautizado?

—Sí, pero no puedo hablar en lenguas —me dijo angustiado—. ¡Simplemente no puedo hablar en lenguas!

Su cara denotaba una terrible preocupación emocional. Él, como casi todos en esa congregación, creían que eran salvos por el hecho de poder hacer algo, pero la verdadera salvación no consiste en hacer algo, sino en creer en alguien, y conocer a ese alguien, que es Jesucristo.

«Las marcas del auténtico cristianismo no tienen nada que ver con profetizar, echar fuera demonios o hacer muchos milagros».

En el verso 23, Jesús respondió: “Y entonces les declararé: nunca los conocí”. Esto nos enseña que no importa cuántas cosas hagamos para agradar a Dios en nuestras propias fuerzas, el cristianismo auténtico se trata de conocerlo a Él.

Pero quiero que quede claro que hacer milagros, profetizar y echar fuera demonios no es algo malo en sí, de hecho, esto fue útil en tiempos bíblicos para autenticar el ministerio de los apóstoles (lee 1 Co. 2:4). Sin embargo, debido a que los falsos profetas —e incluso Satanás— pueden hacerlos, basar la autenticidad de nuestra fe con estas pruebas es poco fiable (lee 2 Ts. 2:7-12; cf. Mt. 7:15).

Por eso, haré un resumen de las evidencias que no prueban ni niegan la fe de una persona. Si al examinarte a ti mismo descubres que cada una de estas cosas son una realidad en tu vida, ¡excelente!, vas por buen Camino. Aun así, ten cuidado, pues los falsos creyentes también pueden manifestar estos frutos.

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Convicción de pecado

Saber que somos pecadores, incluso tener la certeza de que somos indignos delante de Dios, no garantiza que tengamos la verdadera fe salvadora.

Podríamos decir que la convicción de pecado es un primer paso en el camino del arrepentimiento verdadero. Pero ¿es lo mismo saber que somos pecadores que confesar esos pecados? Por supuesto que no.

Explicaré esto con un ejemplo. Durante una campaña evangelística que realicé a los alrededores de la iglesia, conocí a un hombre que puso a prueba mis métodos para compartir el Evangelio. Durante los días previos, le había enseñado a la congregación lo que sabía para alcanzar a otros con el mensaje de Cristo, y les dije que, ante todo, era necesario que la persona reconociera que es un pecador. “Sólo así admitirán que Jesús es su única esperanza”, les enseñé.

Al finalizar la tarde, hablé con este hombre. Estaba fuera de su casa, lavando su auto, y me acerqué con entusiasmo. Recuerdo que después de preguntarle si creía que iría al cielo o al infierno, me respondió tajante: “sé que si muero hoy iré al infierno”.

Quedé desarmado. Mi objetivo era llevarlo a reconocer que era un pecador y que su pecado lo hacía objeto de la ira de Dios. Pero en lugar de eso, confesó que sabía que era un pecador y merecía el infierno.

—Y entonces, ¿qué hará para escapar de la condenación que le espera?  —le pregunté.

—Algún día me pondré a cuentas con Dios —confesó.

¿Por qué este hombre se conformó con saber que era un pecador, pero no hizo nada para evitar las consecuencias? Creo que la razón es porque muchos aman más sus pecados que la cruz de Cristo.

Jesús le enseñó al fariseo Nicodemo que Él no había venido al mundo para condenarlo (porque el mundo ya está bajo juicio [lee Is. 24:5, cf. Ro. 6:23]). Él vino al mundo para salvar a su pueblo, y el que no cree en esa obra que Cristo hizo en la cruz ya está condenado. “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Jn. 3:19).

No es que el ser humano desconozca que es pecador, el problema es que lo sabe y aun así no quiere arrepentirse. Como cristianos, debemos procurar ir más allá de una mera convicción de nuestra naturaleza caída; el cielo no está lleno de pecadores convencidos, sino de pecadores arrepentidos.

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Decisión de fe

La Biblia enseña que “todo aquél que invoque el nombre del Señor será salvo” (Ro. 10:13 NVI), y aunque esto es tan cierto como que Dios creó el universo, muchos han reducido esta tremenda verdad a una mera confesión verbal.

El texto no dice que todo el que pronuncie con sus labios: “Jesús, te amo”, será salvo. Si la salvación consistiera en eso, muchos que durante toda su vida deshonraron al Señor, pero hicieron una oración de fe, estarían en el cielo.

Según el contexto del capítulo 10 de Romanos, lo que Pablo está diciendo es que la fe que obra para salvación produce en el creyente un convencimiento profundo de que Jesucristo es su Señor y Salvador, una fe que le hará confesarlo como su único y suficiente sustituto por el pecado.

Con frecuencia escucho a personas decir que son salvas porque hicieron una “oración de fe” en la que “aceptaron” a Jesucristo. Y confían en que esto es así porque su líder les explicó que esa oración les aseguraría el cielo. Pero eso está muy lejos de la realidad del Evangelio. No es la confesión verbal la que te hace salvo, es la fe puesta en el Salvador la que te luego hace confesar que ya eres parte de la familia celestial.

La razón por la que prefiero no invitar al incrédulo a hacer una oración de fe para que sea salvo es porque esa confesión no garantiza que realmente la persona dará los frutos dignos del arrepentimiento. Esto puede desencadenar en una falsa seguridad de salvación, que a mi modo de ver es más peligrosa, porque lo que se esperaba que fuera trigo termina siendo cizaña.

En Lucas 8:13-14, nuestro Señor explica la parábola del sembrador, y dice que la semilla que cayó entre piedras representa a los creyentes que, habiendo oído el Evangelio, reciben la Palabra con gozo, pero debido a que no tienen raíz, creen por un tiempo y cuando llega la prueba se apartan.

Luego están las semillas que cayeron entre espinos. Dice Jesús que estos son los que oyen, pero yéndose, son ahogados por los afanes y las riquezas y los placeres de la vida, y no llevan fruto. En ambos casos, la semilla murió. El Evangelio no floreció en estos corazones, a pesar de que, en un principio, aceptaron con gozo la Palabra y “confesaron” con sus bocas que Jesús es el Señor.

«Hacer una confesión verbal o haber hecho una oración de fe no le garantiza a nadie la salvación».

Si tu hiciste una oración en la que entregaste tu vida a Dios, y crees que esa petición nació de lo más profundo de tu ser, ¡muy bien! No obstante, quiero que sepas que esta confesión no prueba ni niega tu fe. Así lo afirmó David P. Gushee:

Cualquiera puede (y la mayoría de los estadounidenses lo hace) “creer” en Jesús más que en otro tipo de salvador. Cualquiera puede (y la mayoría de los estadounidenses lo hace) orar una oración pidiendo a Jesús que los salve. Pero no muchos se embarcan en una vida completamente consagrada al amor a Dios, al amor al prójimo, a la práctica moral de la voluntad de Dios y al discipulado radical.

David P. Gushee

Procura que tu confesión de fe esté basada en un conocimiento adecuado, una creencia absoluta y una confianza radical en Dios.

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Conocimiento teológico

Hace poco leí un libro con un título tan cómico como contundente: ¿Cómo mantenerte cristiano en el seminario? Aunque parezca contradictorio pensar que alguien debe mantenerse fiel al Señor mientras pasa por el seminario bíblico, lo cierto es que nunca el conocimiento teológico ha salvado a nadie.

El conocimiento es un componente de la verdadera fe, pero no el cuadro completo. Además de conocimiento, una persona necesita aferrarse y confiar plenamente en eso que conoce. Recuerda que el diablo también citó las Escrituras cuando tentó a Jesús (Mt. 4:9-12) y los más sobresalientes ateos han salido de seminarios de teología.

«Es mejor conocer un sólo pasaje bíblico y ponerlo en práctica, que saber todos los misterios del cristianismo y vivir como un incrédulo».

De hecho, Pablo les recordó a los judíos que todo su conocimiento intelectual era nulo si no lo ponían en práctica. El apóstol los exhortó así: «He aquí, tú tienes el sobrenombre de judío, y te apoyas en la ley, y te glorías en Dios, y conoces su voluntad, e instruido por la ley apruebas lo mejor, y confías en que eres guía de los ciegos, luz de los que están en tinieblas, instructor de los indoctos, maestro de niños, que tienes en la ley la forma de la ciencia y de la verdad. Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas? Tú que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras? Tú que abominas de los ídolos, ¿cometes sacrilegio? Tú que te jactas de la ley, ¿con infracción de la ley deshonras a Dios? Porque como está escrito, el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros» (Ro. 2:17-24).

Me temo que en miles de iglesias hay ciegos guiando a ciegos.

Y el problema no radica en el conocimiento, el problema radica en lo que se hace con ese conocimiento. Tengo amistades que estudian en el seminario para emplearse en una iglesia o en un instituto, otros porque les genera placer saber más que otros; pero la verdadera teología se ocupa de conocer “al Santo” (Pr. 9:10) para servirle (2 Ti. 2:15).

No creas que por estudiar teología o tener conocimiento intelectual el Señor te dirá: “bien, buen siervo y fiel […] entra en el gozo de tu Señor” (Mt. 25:23). Recuerda que es mejor conocer un sólo pasaje bíblico y ponerlo en práctica, que saber todos los misterios del cristianismo y vivir como un incrédulo.

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Membresía en una iglesia local

Tampoco consideres que ser miembro de una iglesia asegura tu entrada al cielo. Si bien es cierto que los verdaderos creyentes se congregan para adorar a Dios (lee He. 10:25, cf. Hch. 2:42), ser parte de una iglesia está muy lejos de lo que Cristo demanda de nosotros para ser salvos. Él, en cambio, afirmó: “Si alguien quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz cada día y me siga” (Lc. 9:23 NVI).

Si pudiéramos ver con los ojos de Dios al interior de cada congregación, nos sorprenderíamos de cuánta cizaña hay en su jardín. Las iglesias están atestadas de falsos creyentes que creen que asistir a los cultos dominicales, participar en las actividades semanales o entregar ofrendas es su tiquete de ida al paraíso.

Un sinnúmero de iglesias prepara sus cultos para que los asistentes experimenten esta falsa expectativa, pues su énfasis está en las emociones y no en un entendimiento profundo de la realidad de morir al pecado.

No en vano Jesucristo les advirtió a sus discípulos sobre la condición de las iglesias en el fin de los tiempos, mediante la parábola de las vírgenes (Mt. 25:1-10). Todas las diez vírgenes tenían lámparas. Todas las diez vírgenes esperaban el regreso del novio. Todas las diez vírgenes, avanzada la noche, se durmieron. Sin embargo, cuando sonaron las trompetas y se escuchó la voz del novio que venía al encuentro, cinco vírgenes se aterraron porque no tenían aceite suficiente para encender sus lámparas.

El texto nos indica que estas cinco “insensatas” le pidieron un poco de aceite a las otras cinco, quienes diligentemente habían guardado. Al considerar que quizá el novio se tardaría un poco más, las “insensatas” se fueron en busca del anhelado aceite, pero de regreso se toparon con la triste noticia de que el novio ya había llegado, abierto las puertas, y comenzado la gran boda. Se quedaron por fuera.

Quizá tú tienes una lámpara en la mano, es decir, participas de las bendiciones de ser parte de una congregación, pero te aseguro que sólo la fe que otorga el Espíritu Santo podrá encender tu lámpara para entrar a las bodas del Cordero.

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Ministerio activo

Algo similar ocurre con centenares de ministros en todo el mundo, quienes creen que por ser diáconos, pastores, evangelistas, misioneros o incluso ostentar el título de ‘apóstoles’ o ‘profetas’, escaparán de la prueba.

Cuando leemos el capítulo 7 de Mateo, nos damos cuenta de que es a estas personas a quienes Jesús se dirige: los fariseos, la casta religiosa más importante de Israel.

Como mencioné antes, la prueba de la verdadera fe no es profetizar, echar fuera demonios o hacer muchos milagros. Tampoco consiste en hablar todos los idiomas humanos o angelicales —si eso fuese posible. La marca del auténtico cristianismo no es entender todos los misterios y toda la ciencia, trasladar los montes por la fe, donar todos nuestros bienes materiales por la causa del Evangelio o entregar nuestros cuerpos para que sean sacrificados. La prueba del verdadero cristianismo es el amor. Si alguien hace todas esas cosas, pero no tiene amor, de nada sirve (lee 1 Co. 13:1-3).

Es tan frecuente ver a ministros predicar de Cristo mientras están sin Él, que por eso el pastor puritano Richard Baxter escribió que, antes de procurar cuidar la vida espiritual de otras personas, primero los ministros deben tener cuidado de sí mismos:

Asegúrese de que ha sido verdaderamente convertido. Tenga cuidado de no estar predicando acerca de Cristo a otros, mientras que usted mismo esté sin Cristo. Se les ha prometido una recompensa gloriosa a los fieles predicadores del Evangelio, pero usted jamás disfrutará de esta recompensa, a menos que usted mismo haya recibido primeramente el evangelio. Hay muchos predicadores que están ahora en el infierno, quienes advertían muchas veces a sus oyentes de la necesidad de escapar de él. ¿Acaso espera que Dios le salve a usted por haber ofrecido el evangelio a otros, mientras que usted lo rechaza? Dios nunca prometió salvar a los predicadores, sin importar cuán dotados fuesen, a menos que ellos fueran convertidos.

Richard Baxter, El pastor reformado

Participar en el ministerio es la razón de ser de nuestra vida cristiana, pues somos miembros del cuerpo de Cristo y fuimos dotados por el Espíritu Santo para la edificación de la iglesia (Ef. 4:11-15). Con todo, el creyente moderno debe cuidar de no apoyar su profesión de fe en un ministerio activo, ni tampoco depender de él para una adecuada vitalidad espiritual. Este ha sido el error por el cual muchos que se llamaban así mismos pastores están ahora en el mundo y sin un ministerio.

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Rectitud visible

Nuestro Señor declaró en el Sermón del Monte: “Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben al Padre que está en el cielo” (Mt. 5:16 NVI).

El cristianismo auténtico se evidencia en una vida de rectitud delante de los hombres y con Dios. Nadie que diga haber sido salvo por Dios debería seguir viviendo como cuando estaba en el mundo. Dicho de otra manera, la prueba de que Dios ha hecho una obra en el corazón de una persona es una vida transformada que otros pueden ver e imitar. Pablo dijo a los corintios: “imítenme a mí, como yo imito a Cristo” (1 Co. 11:1 NVI).

La pregunta que vale la pena hacernos es: ¿prueba mi vida que he conocido, creído y confiado en el Señor? Al mirarnos cara a cara al espejo: ¿vemos el reflejo del nuevo ser humano hecho a la imagen y semejanza de Cristo? O, por el contrario, ¿vemos todavía el reflejo del viejo ser humano hecho a la imagen y semejanza de Adán?

¿Quieres saber si posees la fe que agrada a Dios? Observa tu forma de ser y de actuar y sabrás si Cristo está en ti, “porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas” (Ef. 2:10 LBLA).

Por otra parte, ten en cuenta que aparentar buenas obras es posible aun para el alma más egoísta (lee Mt. 19:16-22). Entonces, ¿qué hace la diferencia? La diferencia radica en que, mientras los hijos de Dios exhiben esa rectitud para la gloria de Cristo, los incrédulos la exhiben para su propia alabanza.

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Seguridad de salvación

Las seis pruebas mencionadas anteriormente pueden generar en una persona una falsa seguridad de salvación —aunque si posee la verdadera fe salvadora, cumplirá con cada una de ellas.

Como los fariseos a los que Jesús reprende duramente en Mateo 23, con calificativos como “hipócritas”, “generación de víboras”, “sepulcros blanqueados”, así son todos aquellos que, sin méritos, se llaman a sí mismos hijos de Dios.

Ruego que, si te has aferrado a estas pruebas para estar seguro de tu salvación, examines en lo profundo de tu corazón para ver si todo esto es en realidad una obra del Espíritu Santo y no una apariencia externa de piedad.

Permite que la Palabra te examine, de pies a cabeza, y encárgale tu alma a aquel que puede producir en ti el verdadero fruto celestial.

Para concluir, retomaré el pasaje de Mateo 7:21-23, para preguntar: ¿quiénes son entonces los que podrán entrar en el reino de los cielos? En el versículo 21, Jesús afirma: “el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”.

En próximos artículos nos dedicaremos a conocer la voluntad de Dios, es decir, los nueve frutos que sí prueban que somos verdaderos hijos del Altísimo; frutos que nacen de un corazón regenerado por la magnífica y soberana obra del Espíritu Santo en nuestros corazones.

Si quieres conocer más sobre las marcas del auténtico cristianismo, adquiere nuestro más reciente libro: Verdadera fe salvadora.

Este artículo fue tomado y adaptado del tercer o capítulo del libro Verdadera fe salvadora, disponible a la venta en El Camino de Damasco. Todos los derechos reservados.