El mandamiento más importante (y olvidado) de la Biblia

Si alguien me preguntara cuáles son las marcas del auténtico cristianismo, podría nombrar el amor a Dios y terminar la lista, porque un amor genuino hacia el Señor significa una profunda estima y respeto por su ser, su voluntad y su Ley moral, lo que implica también un amor al prójimo y un rechazo por el mundo.

Para Jesús, el gran mandamiento es “[amar] al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente”, pues de esto depende “toda la ley y los profetas” (Mt. 22:37, 40).

Incluso, el apóstol Pablo explicó que la primera característica del fruto del Espíritu en un creyente es el amor (Gá. 5:22), sin el cual nada de lo que hacemos tiene sentido (1 Co. 13:1-3).

Sin embargo, me temo que el concepto del “amor” tiene tantos significados en tiempos posmodernos que muchos que dicen amar a Dios están muy lejos de lograrlo. ¿Es el amor un sentimiento, un concepto o una respuesta humana a un estímulo externo?

Sin duda, el amor a Dios va mucho más allá de lo que podamos comprender. Para empezar, el autor de Deuteronomio dice que debemos amar a Dios con todo, lo que implica una entrega completa. Por eso, para comprender a qué se refiere la Biblia con amar al Señor, quisiera explicar al menos cinco características de este fruto espiritual.

Una entrega total

La primera vez que Dios le ordenó a su pueblo que lo amara fue en el desierto del Sinaí. Allí, Moisés le recordó a Israel las ordenanzas que debían cumplir si querían poseer la tierra prometida. “Y amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Dt. 6:5). Pero ¿por qué Dios tuvo que demandar amor y lealtad absolutas y no esperar que fuera una respuesta voluntaria de su pueblo?

La razón es porque el ser humano fue creado para amar y adorar, pero el problema radica en los objetos de la adoración. Al estudiar Génesis, notamos que a los primeros seres humanos Dios no tuvo que demandarles amor, pues al ser creados a su imagen y semejanza, recibieron la capacidad de adorarle con todo su ser. Sin embargo, cuando el pecado entró al mundo y la conciencia del hombre fue entenebrecida, los objetos de la adoración cambiaron.

Adán y Eva rehusaron amar al creador y en lugar de eso decidieron amar a las criaturas, al punto de cambiar “la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible” (Ro. 1:21-23). Desde ese momento, el corazón del ser humano se convirtió en una fábrica de ídolos.

Cuando llegamos al libro de Deuteronomio, encontramos a un pueblo que había sido rescatado de la esclavitud de Egipto, pero que todavía tenía rezagos de su naturaleza caída y amor por el pecado. Una vez en el desierto, muchos israelitas fabricaron un becerro de oro y lo adoraron, lo que despertó la ira de Dios. Un año más tarde, cansados de peregrinar, le pidieron a Moisés regresar a Egipto, defraudando el pacto que Dios había hecho con ellos en el Sinaí.

Con todo, El Señor permaneció fiel a la promesa que hizo a sus antepasados y tras varios años de vagar por el desierto les recordó que su objetivo principal en la tierra era amarlo a Él sobre todas las cosas.

El deseo de Dios es que el centro de nuestra vida se mueva como un engranaje por causa de amarlo a Él.

Primero, les dijo que debían amarlo de todo su “corazón”. En hebreo, la palabra corazón se traduce lebáb, y se refiere a la fuerza que brota del centro de las emociones y voluntad de una persona. Esto quiere decir que Dios desea que le amemos, no por un impulso externo que nos obligue —como una recompensa o un deber legal—, sino porque de nuestro corazón brota el más sincero deseo y la más urgente necesidad de hacerlo.

A esta clase de amor los poetas suelen referirse como aquel que es “capaz de lo imposible”. Y no se equivocan. El amor al dinero, al poder, al sexo o a una persona puede llevar a muchos a cometer locuras, porque la fuerza vital de su ser —emociones, anhelos, pensamientos— está inclinada a ese objeto. No obstante, el deseo de Dios es que el centro de nuestra vida se mueva como un engranaje por causa de amarlo a Él.

Lo segundo que le dijo Dios a su pueblo es que debían amarlo con toda su “alma”. La palabra hebrea usada en este caso es néfesh, que literalmente significa “respirar”. Los judíos entendían al alma como aquello que nos mantiene vivos. De esta manera, el Señor nos invita a amarlo con toda nuestra humanidad y con toda la vitalidad que proviene de nuestra existencia misma.

Creo que el pasaje bíblico que mejor ilustra esta verdad es el Salmo 150. El autor escribe:

¡Alaben a Dios en su santuario!
¡Alábenle en su poderoso firmamento!
¡Alábenle por sus proezas!
¡Alábenle por su inmensa grandeza!
¡Alábenle con toque de corneta!
¡Alábenle con lira y arpa!
¡Alábenle con panderos y danza!
¡Alábenle con instrumentos de cuerda y flauta!
¡Alábenle con címbalos resonantes!
¡Alábenle con címbalos de júbilo!
¡Todo lo que respira alabe al Señor!
¡Aleluya!

La idea aquí es que “todo lo que respira” debe adorar al Señor. Si hay algo que tiene vida, si hay algo que posee energía para existir, debe adorar al Señor. Este es el ideal que debemos perseguir cada día: amar a Dios con todas nuestras emociones, intelecto y anhelos; adorar a Dios con todos nuestros talentos y bienes materiales; glorificar a Dios con cada célula que nos mantiene vivos, de modo que nuestros cinco sentidos estén inclinados hacia Él.

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Por último, Dios animó a su pueblo a amarlo con todas sus “fuerzas”, y me sorprende la profundidad de esta palabra, porque en hebreo se refiere a amar “hasta no poderse contar”.

Al pensar en esto, recuerdo cuando mi esposa me pregunta: ¿cuánto me amas? Yo la miro a los ojos y sé que ella no espera que le dé una cifra, sino que le exprese mi amor.

—Te amo un millón —le digo.

—Entonces yo te amo dos millones —añade ella, y así podemos pasar todo el día.

Pero cuando llegamos a Dios, la exigencia es mucho mayor porque, así como Él es infinito, así mismo el amor que le corresponde es infinito. Decir que amamos a Dios “un millón” es apenas un grano de arena en la inmensidad de su ser, de allí que nuestra meta es amar a Dios con todas nuestras fuerzas y “hasta no poderse contar”.

Así que, el amor a Dios implica una entrega total y no parcial. Debemos amar a Dios más que a nuestros familiares; Jesús enseñó: “si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre y madre, a su mujer e hijos, a sus hermanos y hermanas, y aun hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo”[1] (Lc. 14:26).

Debemos amar a Dios más que a nuestros bienes materiales; al joven rico, Jesús le exhortó: “una cosa te falta: ve y vende cuanto tienes y da a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; entonces vienes y me sigues” (Mr. 10:21).

Debemos amar a Dios más que a nuestros proyectos personales; esto fue lo que Jesús le dio a entender al joven que quiso seguirlo, pero pidió primero dejarlo ir a enterrar a su padre para recibir la herencia; “ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios”, dijo el Maestro (Lc. 9:62).

Amar a Dios implica tomar la cruz cada día, negarnos a ser el objeto de la adoración y permitir que Dios sea el que reciba toda la alabanza por lo que hacemos.

Y en este punto sospecho que muchos creyentes aman los beneficios que Dios da, pero pocos aman a Dios. El llamado va en otra vía: amarlo a Él como la fuente de nuestro gozo, sustento y esperanza, porque Él nos amó primero.

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Porque Él nos amó primero

Lo anterior quiere decir que nuestro amor a Dios no reposa sólo en una ley moral prescrita en los diez mandamientos. Si mi esposa me obligara a amarla sólo porque el contrato matrimonial dice que debo hacerlo, mi afecto hacia ella sería artificial, y creo que eso puede sentir un lector de Deuteronomio 6:5.

Para entender mejor este dilema, tenemos que recordar que los mandamientos de Dios son ordenanzas espirituales con un objetivo muy especial: conducirnos a Cristo. Pablo le recordó a Timoteo que “la ley no fue dada para el justo, sino para los transgresores y desobedientes” (1 Ti. 1:9-11), porque lo que hace la Ley es revelar nuestra incapacidad de agradar a Dios por nuestros propios méritos.

En otras palabras, la Ley no nos puede hacer salvos, ni mucho menos justos delante de Dios, porque “todos nosotros somos como el inmundo, y como trapo de inmundicia todas nuestras obras justas; todos nos marchitamos como una hoja, y nuestras iniquidades, como el viento, nos arrastran” (Is. 64:6 LBLA).

El objetivo de la Ley es que reconozcamos que sólo por la justicia perfecta de Jesucristo, y mediante la fe, somos idóneos delante de Dios. A esto se refirió Pablo al decir que “la ley ha sido nuestro ayo[2], para llevarnos a Cristo, a fin de que [seamos] justificados por la fe” (Gá. 3:24).

Entonces, si Dios nos demanda que le amemos con todo nuestro ser, pero no podemos amarlo perfectamente —como tampoco podemos cumplir a cabalidad los diez mandamientos—, ¿qué debemos hacer? Creo que Deuteronomio 6:5 nos presenta el ideal, mientras que Cristo nos presenta la realidad.

Por una parte, Dios nos exige amor absoluto y, por otra parte, Jesús dice: “Mi Dios, aquí estoy para hacer tu voluntad, como está escrito de mí en el libro” (He. 10:5-7, cf. Sal. 40:6-8). Así que, tenemos al Padre demandando obediencia perfecta y, a su vez, tenemos al Hijo diciendo: “aquí estoy para obedecerte perfectamente, por el bien de tu pueblo”.

 Jesucristo vino con la misión de cumplir la Ley para que, por su obediencia perfecta, seamos reconciliados y justificados ante el Padre celestial (Mt. 5:15, 48). Nuestro Señor vino a hacer por nosotros lo que jamás hubiésemos podido conseguir por causa de nuestra naturaleza caída (lee Ef. 2:5; cf. 1 Co. 2:14).

De modo que Jesús sí amo al Padre con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas, y no sólo eso, vino al mundo a morir por nuestros pecados para que, al redimirnos de la maldición de la Ley y enviar al Espíritu Santo, pudiésemos tener la capacidad espiritual y moral para amarlo con todo nuestro ser.

El objetivo de la Ley es que reconozcamos que sólo por la justicia perfecta de Jesucristo, y mediante la fe, somos idóneos delante de Dios.

A esto se refirió el apóstol Juan cuando dijo que: “Nosotros le amamos a Él, porque Él nos amó primero” (1 Jn. 4:19). Dicho de otra manera, la única razón válida para que amemos a Dios y no al mundo es que hemos recibido de Cristo el fruto del amor: esa fuerza vital interior que nos mueve hacia Él (Gá. 5:22, cf. Jn. 15:5).

En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por Él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados (1 Jn. 4:9-10).

En definitiva, es gracias a la nueva vida que tenemos en Cristo que podemos amar a Dios. Y claro que una persona puede intentar amar al Señor en sus propias fuerzas, e incluso puede llegar a aparentar una adoración ceremonial externa —como los fariseos del tiempo de Jesús—, pero todo eso resultará en un fracaso espiritual y mucha frustración, porque no puede un corazón de piedra actuar a favor de Dios.

En lugar de eso, el Padre celestial ha incrustado un nuevo corazón en el centro de nuestras voluntades para que vivamos por Él, bajo una nueva relación de pacto que se sostiene por su amor eterno (lee Ez. 11:19-20; cf. Jer. 31:33).

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Amar implica un servicio fiel

Ahora, puesto que ya he explicado lo que significa amar a Dios y cuál —o quién— es la causa de este amor, quisiera explicarte qué implica ese amor, es decir, cuáles son las evidencias de que amamos al Señor con todo nuestro ser.

Regularmente, Diana y yo solemos preguntarnos: “¿por qué me amas?”. Y, a diferencia de la pregunta anterior: ¿cuánto me amas?, creo que esta exige evidencias concluyentes.

En lo que a mí respecta, tengo muchas razones para amar a mi esposa, pero siempre que me pregunta esto le respondo con una sonrisa: “porque eres mi esposa”.

Yo no amo a mi esposa porque ella haga algo por mí, sino por quién es ella. Pero, si alguien me pidiera pruebas más contundentes de que amo a mi esposa, de seguro no sería suficiente mostrarle mi anillo de matrimonio. En lugar de eso, mi amor por Diana se evidencia en la forma en la que me comporto con ella y la confianza que tengo en ella.

De manera similar, millares de cristianos dicen que aman a Dios porque son cristianos, lo que implica que asisten a la iglesia y leen la Palabra con regularidad. Pero quiero darte una prueba más confiable de que amamos a Dios: nuestro servicio fiel.

Como cité atrás, el amor de Dios se mostró para con nosotros en que Él envió a su Hijo unigénito al mundo, “para que vivamos por Él” (1 Jn. 4:9). Esto no sólo se refiere a tener una nueva vida, sino también a actuar conforme a esa nueva vida. Jesús les recordó a sus discípulos: “No me escogieron ustedes a mí, sino que yo los escogí a ustedes y los comisioné para que vayan y den fruto, un fruto que perdure” (Jn. 15:16 NVI, énfasis añadido).

¿Notas el propósito?: “para que vayan y den fruto”.

Nuestro Señor desea que aprovechemos al máximo las herramientas espirituales que tenemos a nuestra disposición para ser sal y luz en este mundo. Como dice el dicho popular: “el que no vive para servir, no sirve para vivir” o, en palabras de Jesús: “Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego” (Mt. 7:19).

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Permíteme explicarte lo que implica amar a Dios con el ejemplo del apóstol Pedro. Se trató de uno de los líderes más sobresalientes de la iglesia primitiva. Un predicador formidable y hombre de gran autoridad. Sin embargo, le costó varias lágrimas y tribulaciones llegar a esa madurez.

En sus primeros años de “vida cristiana” demostró ir muy de prisa cuando de seguir a Jesús se trataba. En varias oportunidades afirmó que Jesús era el Cristo, el Hijo de Dios; se comprometió con diversas campañas evangelísticas por las cuales tuvo que dejarlo todo e incluso prometió acompañar a Jesús hasta la muerte, si fuera necesario.

Su vida fue un cuadro perfecto de aquellas personas que, en sus primeros meses de conocer al Señor, están rebosantes de energía y deseosos de conquistar al mundo con el Evangelio. Pero Jesús conocía el corazón de su discípulo y le recordó que la verdadera fe salvadora no se basa en emociones pasajeras, sino en convicciones férreas. “Te aseguro que esta misma noche, antes de que cante el gallo, me negarás tres veces”, le dijo Jesús, el día que fue arrestado. Y, en efecto, así ocurrió.

Según se relata en los Evangelios, Pedro desapareció del mapa durante esos días. A lo mejor no soportó la vergüenza de haber negado a su maestro, y se refugió en casa a esperar que todo el alboroto acabara. No obstante, lo que llama la atención de esta historia es que, una tarde, mientras Pedro pescaba en el mar de Tiberias, junto con otros discípulos, el Maestro se le apareció.

La historia cuenta que Jesús se acercó a la orilla del mar y le gritó a Pedro que tirara la red de pescar a la derecha del bote, tras lo cual una multitud de peces quedó atrapada. Sorprendido, el discípulo saltó de la barca y nadó hasta la playa, en donde Jesús lo esperaba con pescados en brasas. Esa tarde cenaron con su Señor; aquella era la tercera vez que Jesús se manifestaba a sus discípulos, después de haber resucitado.

Cuando terminaron de comer, Jesús le dijo a Pedro: “¿me amas más que estos?”, y él le respondió: “sí, Señor, tú sabes que te amo”. Jesús, entonces, lo alentó: “apacienta mis corderos” (Jn 21:15). La misma pregunta le hizo el Señor dos veces más, y a la tercera vez, Pedro se entristeció, pues recordó que lo había negado tres veces el mismo día de su muerte. “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo”. Y la respuesta de Jesús fue la misma: “apacienta mis ovejas” (v. 17).

Lo revelador de este pasaje es la clase de amor por la que preguntó Jesús en contraste con la clase de amor que expresó Pedro. Cuando Jesús preguntó: “¿me amas?”, la palabra griega que usó fue agapao, que se refiere a un amor sacrificial (lee 1 Co. 13:4-7).

Por su parte, Pedro respondió las tres veces: “sí, Señor, tú sabes que te amo”, pero la palabra griega que usó el discípulo fue filéo, que se refiere a un cariño fraterno. Así que, mientras Jesús le preguntaba a su discípulo si estaba dispuesto a entregar su vida por Él, este respondía tímidamente con un: “sí, Señor, tú sabes que te aprecio, pero eso es demasiado”.

Estoy seguro de que la razón por la que Jesús relacionó el hecho de amarlo con pastorear la grey de Dios fue porque en ese servicio por la causa del Reino el pescador iba a comprender lo que realmente significa amar.

Después de ser restaurado, Pedro se convirtió en uno de los voceros más importantes de la causa de Cristo. De hecho, su servicio fue tan radical que, al final de su vida, se rehusó a adorar al emperador romano y aceptó morir crucificado, boca abajo, porque consideraba que no era digno de morir como su Señor. Esto es amor verdadero.

Al igual que Pedro, mi invitación es a que experimentes el amor de Dios en un servicio fiel, aunque implique la muerte. Envuélvete en el ministerio de tu iglesia local. Predica la Palabra con pasión. Dedícate a la intercesión congregacional constante. Sé una luz en este mundo de oscuridad. Sirve a tu congregación, que es el cuerpo de Cristo, y experimenta el costo de seguir a Jesús y el gozo de amarle.

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Amar implica una confianza absoluta

Es muy frecuente escuchar a personas decir que les cuesta amar a Dios o verlo como un Padre amoroso, porque la figura paterna en su hogar fue negativa. Quienes piensan así, ven a Dios como un ser severo y estricto, a quien se le debe “temer”.

A lo mejor, algunos pasajes del Antiguo Testamento se han encargado de acrecentar esta falsa noción del “Dios castigador” o del “Dios justiciero”, que está “airado todo el tiempo” (cf. Sal. 7:11). Pero lo cierto es que, para los que están en Cristo, el trato de Dios hacia ellos siempre fluye del amor.

Con esto quiero decir que el amor genuino hacia Dios confía. ¿En qué consiste esta confianza? En que, al ser parte de la familia celestial, la relación de Dios con nosotros está determinada por el trato que el Padre tiene con el Hijo, el cual se basa en la certeza de permanecer unidos a Él, a pesar de cualquier adversidad. Juan, el discípulo amado, lo expresó así:

En esto se ha perfeccionado el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio; pues como Él es, así somos nosotros en este mundo. En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor (1 Jn. 4:17-18, énfasis añadido).

Cuando nos acercamos a Dios, debemos hacerlo con un corazón confiado. Esta confianza nos permitirá cosechar una relación sólida con Él, que es la que nos mantiene firmes en medio de las adversidades.

Contrario a lo que sintieron Adán y Eva cuando se escondieron de Dios en el huerto del Edén, quienes estamos unidos a Cristo experimentamos la confianza de acercarnos al Padre, para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la necesitemos (He. 4:16 NVI).

Y esta es la confianza que tenemos en Él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, Él nos oye (1 Jn. 5:14), porque como Padre, se deleita en relacionarse con sus hijos.

Así que, “¿quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?” (Ro. 8:35). Al contrario, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (v. 37-39).

¡Qué confianza y qué gozo! Lánzate en los brazos de este buen Padre.

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Amar implica una obediencia radical

A su vez, el amor a Dios se revela en una obediencia radical a sus mandamientos. Jesús dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Jn. 14:15). También, el apóstol Juan escribió: “Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos” (1 Jn. 5:3).

Páginas atrás mencioné que el propósito de la Ley de Dios es conducirnos a Cristo y que, de acuerdo con Pablo, la Ley no fue instituida para el justo, sino para los transgresores (1 Ti. 1:9). Pero quiero que entiendas que la Ley es buena y perfecta (Ro. 7:12). Cuando decimos que la Ley no fue instituida para el justo, nos referimos a que su propósito no es que alguien sea salvo por ella, sino que se dé cuenta cuán alejado está de la voluntad de Dios.

El deseo de Dios es que obedezcamos sus mandamientos para obtener las bendiciones que ha prometido para los que le aman.

Así que, los mandamientos del Señor son útiles “para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Ti. 3:16-17). Y esto quiere decir que, aunque nadie será salvo por cumplir la Ley, sí es nuestro deber caminar hacia la madurez espiritual y la obediencia a Cristo. Dicho de otra manera, “el que dice que permanece en Él, debe andar como Él anduvo” (1 Jn. 2:6) o, cuanto menos, poner todo su esfuerzo por tratar de andar como Él anduvo.

Claro que, mientras tengamos un cuerpo mortal, nunca llegaremos a ser perfectos como Cristo. Pero eso no nos exime de la responsabilidad de caminar hacia ese objetivo.

Pablo enseñó que el propósito de la vida cristiana es que “lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Ef. 4:13). Y aunque esto ocurrirá de forma completa cuando el Señor venga por segunda vez y nuestros cuerpos sean glorificados, el deseo de Dios es que obedezcamos sus mandamientos para obtener las bendiciones que ha prometido para los que le aman.

Te invito a deleitarte en los mandamientos de Dios, que no son pesados, sino que traen paz y seguridad. Experimenta el gozo de adorar al Señor y vivir bajo las alas de su amor. Procura cuidarte de la hipocresía religiosa y de expresar un afecto frívolo hacia Dios. Él busca adoradores en Espíritu y en verdad que reflejen el poder de una vida de obediencia. No sea que nos ocurra como aquellos hombres y mujeres a quienes Jesús reprochó, diciendo: “¿Por qué me llaman: «Señor, Señor», y no hacen lo que les digo?” (Lc. 6:46).


[1] Lo que Jesús quiere dar a entender aquí, según el contexto del pasaje, no es que debemos odiar a nuestros semejantes y nuestra vida, lo cual sería una contradicción con su mandamiento de amar al prójimo como a nosotros mismos (Mt. 22:39). Lo que Jesús enseña es que nada debe estar en una categoría de mayor estima o valor que seguirlo a Él, pues al final, el que quiere ganar su vida la perderá, pero el que pierde su vida por causa de Cristo, la ganará para vida eterna (Mr. 8:35).

[2] Se refiere a un joven que, en tiempos bíblicos, recogía y llevaba a los niños a las sinagogas para que aprendieran la Palabra de Dios.

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Este artículo fue tomado y adaptado del cuarto capítulo del libro Verdadera fe salvadora, disponible a la venta en El Camino de Damasco. Todos los derechos reservados.