¡Qué tragedia tan grande! | Estudio bíblico

Aunque Adán y Eva habían sido creados buenos y rectos delante de Dios, voluntariamente decidieron pecar contra su creador. Las consecuencias fueron mortales. A causa de la transgresión, Dios declaró una serie de sentencias y maldiciones contra Satanás, la mujer y el hombre. Desde ese momento, la humanidad quedó bajo juicio y perdió el reino, siendo expuesta al mundo de tinieblas. El pecado trajo como consecuencia sufrimiento, dolor y pérdida de propósito.


En el siguiente capítulo de nuestro estudio Buenas nuevas para un mundo en crisis, nos dedicaremos a estudiar de qué manera el pecado entró en el mundo y sus consecuencias. Para ello, debemos definir el origen del mal.

La semilla del mal

Cuando Adán se estableció con su esposa Eva en el Edén, la Biblia nos cuenta un acontecimiento que cambió la historia de la humanidad para siempre. El capítulo 3 de Génesis empieza así: «Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: “No comáis de todo árbol del huerto?”» (v. 1).

El apóstol Juan y el apóstol Pablo identifican a esta criatura como Satanás, el primer ángel que desafió la autoridad de Dios y fue expulsado del cielo (cp. Ap. 12:9; 20:2 y 2 Co. 11:3). Dado que esta es la primera vez que se menciona a Satanás en el relato de Génesis, se puede deducir que su rebelión ocurrió en algún momento después de 1:31 (cuando todo en la creación era bueno) y antes de 3:1 (cuando decidió tentar a Eva). Este ángel era un ser de gran autoridad y hermosura (lea Ez. 28:11-15). Su pecado consistió en querer ser semejante a Dios (Is. 14:13-14). Él, siendo un ángel caído y un espíritu sobrenatural, había poseído el cuerpo de una serpiente para entablar una comunicación directa con la mujer.

Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis. Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.

(vv. 2-5).

Satanás hizo dudar a Eva sobre la comprensión que tenía de la voluntad de Dios; la hizo cuestionar si acaso había entendido mal al Señor o, peor aún, si él le estaba ocultando algo. La mujer rechazó libremente el pacto de Dios y mordió el anzuelo.

Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella. Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales.

(vv. 6-7).

Lo anterior nos enseña un importante principio: el origen del mal no se encuentra en Dios. En ningún lugar de las Escrituras encontramos que Dios sea el autor o responsable del pecado. Todo lo contrario, Santiago 1:13-14 enseña que él no tienta a nadie a hacer el mal, sino que cada uno es tentado cuando sus propios malos deseos lo arrastran y seducen (lea Ec. 7:29).

¿Cuál es el origen del pecado? El pecado tiene su origen con Satanás. Como ser libre se rebeló contra la ley de Dios y tentó a la primera pareja de Edén para que hiciera lo mismo.

Se rompe el pacto

La situación de la primera pareja era trágica. Los dos habían quebrantado el pacto y, por tanto, perdido la esperanza de obtener vida eterna. Adán fue consciente de este hecho tan pronto como escuchó la voz del Señor. «Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto» (v. 8).

Este versículo indica que Dios no estaba airado. Más bien se paseó por el jardín en alguna forma visible[1] con aquel aire benevolente que le caracterizaba. Lo que llama la atención es la actitud de la pareja: «se escondieron» y «[tuvieron] miedo» (v. 10). Un comentarista señala: «La vergüenza, el remordimiento, la confusión, la culpa y el temor los llevaron a su conducta furtiva».[2]

Pero ¿por qué habían surgido estos sentimientos en el corazón de una criatura hecha a la imagen de Dios? Por el pecado. Cuando Adán y Eva trasgredieron el pacto de Dios, el texto dice que fueron abiertos sus ojos y conocieron que estaban desnudos (v. 7), lo que les produjo vergüenza (cp. Gn. 2:25). La vergüenza y el miedo son dos señales de que algo estaba mal en su alma. El pecado corrompió de manera radical sus mentes, entenebreció su entendimiento y los hizo huir de la presencia de Dios. Ellos comprobaron por sí mismos en qué consistía el bien y el mal. Supieron de inmediato que el bien consistía en obedecer a su creador para obtener la promesa de vida eterna y el mal consistía en desobedecerlo.

En ese sentido, el pecado es todo lo que se oponga al carácter de Dios. «Como la gloria de Dios es la revelación de su carácter, el pecado es no llegar a cumplir con la gloria o el carácter de Dios (Ro. 3:23)».[3]

Adán y Eva no cumplían con el carácter de Dios. Eran infractores del pacto y no estaban dispuestos a reconocerlo. Cuando el Señor le preguntó a Adán «¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol del que yo te mandé no comieses?» (v. 11), él no respondió con arrepentimiento sino con excusas: «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí» (v. 12). Dios también probó a la mujer para ver lo que había en su corazón, pero ella respondió: «La serpiente me engañó, y comí» (v. 13). Al ver su obstinación, Dios ejecutó las sanciones estipuladas en el pacto.

El pecado es transgresión de la ley de Dios; es todo lo que se oponga al carácter de Dios.

El orden de la creación afectado

Las sanciones de Dios tienen cuatro destinatarios: la serpiente, Satanás, la mujer y el hombre.

La serpiente

El hecho de que el Señor se refiera a la serpiente como una de las «bestias» y «animales del campo» (v. 14) da a entender que el primer castigo fue sobre un animal. Por el pecado, tanto la serpiente como el resto de los animales quedó bajo maldición (lea Ro. 8:20-23; cp. Jer. 12:4). A este reptil el Señor mandó que se arrastrara sobre su pecho[4] y comiera el polvo de la tierra todos los días de su vida. Esta maldición también implicaba que sería un animal repudiado y temido por los seres humanos.

Con esta sentencia Dios quería establecer una similitud entre la serpiente y Satanás: así como ella, el ángel caído llevaría la señal de la maldición a todas partes y vagaría sin descanso lamiendo el polvo de la tierra.

Satanás

Después de maldecir a la serpiente física, Dios se dirigió a la serpiente espiritual y la maldijo (v. 15). Su sentencia fue una continua enemistad con la mujer y su simiente, es decir, una guerra entre Satanás y sus hijos —todos los incrédulos (cp. Jn. 8:44)— y la mujer y su descendiente —Cristo y sus seguidores.

La idea que apoya esta interpretación es la frase: «ésta [la simiente de la mujer] te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar», una clara referencia al triunfo del Señor Jesucristo en la cruz del Calvario y su resurrección. Abordaremos este punto con mayor detalle en el siguiente capítulo. Por ahora basta señalar que la sentencia contra Satanás fue de muerte; en algún momento de la historia él recibiría una herida mortal en su cabeza y su reino de maldad llegaría a su fin.

La mujer

El versículo 16 dice que la sentencia de Dios para la mujer tuvo dos resultados. El primero fue multiplicar en gran manera el dolor de sus partos: «con dolor darás a luz a tus hijos». Cierto comentarista afirmó que este es un recordatorio de que la mujer dio nacimiento al pecado en la raza humana y que lo transmite a todos sus hijos. Sea como sea, el pecado trajo pesadumbre al mundo, pues «si no hubiésemos conocido la culpa, no habríamos conocido el pesar»[5], por eso «no es extraño que se aumenten nuestros dolores cuando se aumentan nuestros pecados, porque ambos comprenden innumerables clases de males».[6]

En segundo lugar, se le ordenó someterse a su marido: «y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti». Esta frase se refiere a las constantes luchas en las relaciones entre hombres y mujeres. El pecado transformó el armonioso juego de roles ordenado por Dios en una desagradable guerra de voluntades personales. Aunque Dios delegó a Adán el gobierno amoroso de la creación y de su familia (cp. Ef. 5:22-25), ahora, por causa del pecado, el hombre se enseñorearía de la mujer por la fuerza (o de manera autoritaria).

El hombre

Dios resalta su desagrado con Adán en tres aspectos. Primero, su morada terrenal quedó maldita (v. 17). El efecto de esta maldición es que desde ese momento el ser humano comería con dolor todos los días de su vida, pues la tierra le produciría cardos y espinos (v. 18). Segundo, todos sus quehaceres le serían amargos. Los frutos buenos de la tierra serían extraídos mediante el esfuerzo y el ingenio, pero resultarían en fatiga y cansancio (v. 19a). En pocas palabras, la vida del hombre sería difícil y su existencia trágica (cp. Ec. 1:13); el mundo ya no sería un hermoso oasis sino un territorio hostil rodeado de peligros.

Tercero, además difícil, la vida del ser humano sería corta: «pues polvo eres, y al polvo volverás» (v. 19b). Un teólogo afirmó con cruda ilusión: «teniendo en cuenta lo llenos de problemas que estarán sus días, le será un favor que sean pocos».[7] A pesar de eso, la muerte tocará la puerta del hombre y la sentencia de Dios se cumplirá el día en que exhale su último aliento de vida. Con este castigo, Dios le estaba diciendo al hombre: «tu cuerpo será abandonado por tu alma, y se convertirá en un montón de escombros; y será alojado en la tumba, que es el lugar que le corresponde, para que se mezcle con el polvo de la tierra».[8]

Debido al pecado el ser humano llegó a ser un insignificante polvo puesto en la balanza, una vil y frágil creación, débil y sin consistencia, una criatura mortal y moribunda. Si Adán no hubiera pecado, estas desdichas no habrían llegado al mundo. Pero Adán pecó, y la tierra fue maldita por su causa.

El pecado trajo consigo dolor, miedo, vergüenza, desesperanza y confusión. Supuso una sentencia de muerte para el ser humano y una causa permanente de enemistad con Dios.

La corrupción del alma

La explicación sobre las consecuencias del pecado sería incompleta si no dijéramos que también pervirtió el alma del ser humano. El hombre no sólo experimentó la muerte física, sino que de inmediato sufrió una muerte espiritual. A esto se conoce como depravación total, un término que alude a la corrupción o contaminación de la naturaleza humana como resultado del pecado de Adán.

¿Qué es la depravación total? La depravación total es la doctrina que habla de la presencia del mal en el ser humano y todo lo que hace, con la consecuente imposibilidad de su aparte de hacer lo que es verdadero y espiritualmente bueno a los ojos del absolutamente santo Dios.[9]

Muchas personas insisten en que el ser humano no perdió sus cualidades espirituales después de la caída. Argumentan que en el corazón del hombre todavía queda una ‘isla de bondad’ que le permite hacer el bien natural (buscar la justicia social o la rectitud civil). Según los defensores de esta postura, el ser humano tiene la capacidad de buscar y complacer por sí mismo a Dios para obtener su favor. Esto suena bien, pero no está respaldado por las Escrituras.

A continuación, compartiré una lista de textos bíblicos que afirman que el ser humano en su estado caído está muerto y ciego espiritualmente.

Antiguo TestamentoNuevo Testamento
Génesis 6:5
Génesis 8:21
Deuteronomio 29:4
Salmos 14:1-3
Salmos 51:5
Salmos 53:1-3
Isaías 53:6
Isaías 64:6-7
Jeremías 13:23
Jeremías 17:9
Ezequiel 36:26
Mateo 7:11
Mateo 7:17-18
Juan 3:3-5
Juan 5:40
Juan 5:42
Juan 6:44
Juan 8:32-36
Juan 8:43-44
Juan 8:47
Romanos 3:9-18
Romanos 3:23
Romanos 7:18
Romanos 7:23
Romanos 8:7-8
1 Corintios 2:14
Efesios 2:1-3
Efesios 4:18
Efesios 5:8
2 Timoteo 3:4
Tito 1:15-16
Tito 3:5
1 Juan 1:8

Estos pasajes demuestran que el pecado del ser humano proviene de su interior, de su corazón, y que es constante y malo todo el tiempo, de forma completa. Esto no significa que el hombre sea lo más malo que pueda llegar a ser; él puede hacer cosas buenas en un sentido social e incluso moral porque Dios ha derramado su gracia sobre el mundo para frenar el avance del pecado[10], aun así este bien no vale nada si pretende que cuente como mérito para obtener el favor de Dios, «porque el ser humano es incapaz de actuar a partir de motivos puramente desinteresados para dar gloria solo a su Creador, y en este estado de pecado es completamente incapaz de reconciliarse con el Amo y Señor, recto y justo, del universo».[11]

La depravación del ser humano es total y radical, contaminó toda su naturaleza y lo imposibilitó para hacer algún bien que le sirva para ser declarado justo delante de Dios.

El problema legal

La caída de Adán y Eva también supuso un problema legal para la humanidad. La escritura enseña que «como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Ro. 5:12).

¿Cuál es la consecuencia legal por el pecado de Adán? La consecuencia legal por el pecado de Adán es la condenación eterna, la muerte física y espiritual de toda la raza humana (Ro. 6:23).

El pecado no sólo trajo una lista de maldiciones terrenales y espirituales, también puso a la humanidad en enemistad con el Todopoderoso. Adán, al ser el representante legal de la humanidad, trajo junto con su desobediencia las sentencias estipuladas en el Pacto de Obras a todo el género humano. El pecado fue transferido a la raza humana (Sal. 51:5; Ro. 3:23; 6:23) y además provocó un conflicto legal con Dios.

El tema de la representación legal del primer hombre es de suma importancia. Cuando decimos que Adán es la cabeza federal de la humanidad estamos diciendo que de su obediencia al pacto dependía el futuro de todos nosotros. Al violar la ley de Dios, Adán y sus descendientes (a quienes representaba) se hicieron merecedores del castigo eterno y la ira divina. ¿Por qué? Porque Dios es perfecto y exige a todos los que se acercan a su presencia que sean perfectos (cp. Mt. 5:48).

Dios no puede habitar con el mal; él es tres veces santo. El pecado creó un muro entre Dios y los hombres, rompió el camino que había entre ambos y llevó a la humanidad a una encrucijada: caer en las manos del justo juez del universo, quien aborrece el mal.

En su condición de pecado, el ser humano está destituido de la gloria de Dios; no sólo quedó maldita su morada y entenebrecida su mente, también fue rota su comunión con el Rey de reyes y Señor de señores. Usando las palabras del apóstol Pablo, debido a la caída Dios estableció un acta de decretos en nuestra contra, la cual sólo puede anularse si el ser humano es capaz de alcanzar el estándar de santidad que él demanda (Lv. 20:26; cp. Col. 2:14). Precisamente, debido a que Adán no podía cumplir con este estándar de justicia, Dios lo expulsó de su presencia a las tinieblas del mundo (Gn. 3:22-23).

Pero los planes del Señor con la humanidad no acababan allí; el texto de Génesis enseña que Dios, por el puro afecto de su voluntad, cubrió la vergüenza de Adán y Eva con pieles de animales y los envió lejos de Edén (v. 21). El mensaje que el Señor les estaba dando era: «habrá salvación para el género humano, pero será en otras circunstancias y con otras condiciones. La salvación no la alcanzarán los pecadores por las obras, sino por gracia mediante la fe en la simiente de uno que cumplirá perfectamente el estándar de justicia y santidad que yo requiero; él mismo aplastará la cabeza de Satanás».

La consecuencia legal por el pecado es la condenación eterna de toda la humanidad; su muerte física y corrupción espiritual.

En el próximo capítulo estudiaremos en qué consistió el primer anuncio de salvación de Génesis 3:15, conocido como el proto-evangelio. Por ahora, le animo a desarrollar la guía de estudio a continuación.

Recurso multimedia: En este video titulado MAN, Steve Cutts hace una reflexión crítica sobre la relación del hombre con la naturaleza y el mundo.

  • Pasaje para memorizar: «Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» (Ro. 6:23).

Guía de estudio

  1. Observe el video del recurso multimedia del capítulo. ¿Cree que esta animación representa adecuadamente la maldad del ser humano a causa del pecado? Argumente su respuesta.
  2. Describa algunos ejemplos de cómo el pecado ha afectado al mundo (la naturaleza, el medio ambiente, la sociedad).
  3. Mencione algunos casos en los que se vea reflejada la sentencia de Dios hacia la mujer y el hombre en la actualidad.
  4. Los naturalistas (evolucionistas) no creen que el mundo haya sido creado por ‘un dios’. Investigue y haga un breve resumen del origen del mal según los naturalistas: ¿qué similitudes y/o diferencias encuentra con el relato de Génesis 3?
  5. Desafíese a compartirle a un amigo o familiar sobre el origen de la maldad en el mundo y las consecuencias del pecado.

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[1] Quizá como una luz resplandeciente (vea Éx. 33:18-23, 34:5-8, 29; 40:34-38).

[2] John MacArthur, «Génesis», en Biblia de Estudio MacArthur (Nashville: Editorial Vida, 2015), 20.

[3] Diccionario Bíblico Wycliffe (Buenos Aires: Editorial Peniel, 2016), 1317.

[4] Esta especie tenía patas antes de la caída.

[5] Matthew Henry, «Génesis», en Comentario Bíblico de Matthew Henry (Barcelona: Editorial CLIE, 1999), 22.

[6] Ibid.

[7] Matthew Henry, «Génesis», 23.

[8] Ibid.

[9] Diccionario Bíblico Wycliffe, 1317.

[10] A esta gracia se le conoce como «Gracia común», y es lo que explica que en este mundo pueda existir cierto orden social a pesar del pecado. Esta gracia no debe confundirse con la «Gracia salvífica» que viene sólo por la fe en Jesucristo y que es aplicable sólo a los hijos de Dios.

[11] Diccionario Bíblico Wycliffe, 1318.

Este artículo hace parte del tercer capítulo del libro: Buenas nuevas para un mundo en crisisescrito por Harold Cortés. Todos los derechos reservados.