Amor eros, filial, agape: ¿hay alguna diferencia?

Desde hace un tiempo he venido enseñando acerca de las marcas del verdadero cristianismo, basado en mi libro Verdadera fe salvadora. En otros artículos se han señalado algunas marcas que no prueban ni niegan que una persona tiene una verdadera fe y cuál es la primera marca que sí garantiza que alguien ha nacido de nuevo. En esta oportunidad explicaré la segunda marca del verdadero cristianismo.


La segunda característica de una verdadera fe salvadora es el amor al prójimo. Varios textos bíblicos apuntan a esta realidad, entre ellos el famoso discurso del Señor Jesús en Mt. 22:37-40. Sin embargo, un pasaje que añade suficiente luz sobre el tema, por la relación que hace entre el amor a los hermanos y la salvación, es 1 Juan 3:14. El texto dice: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en muerte”.

Pero ¿a qué clase de amor se refiere el texto? ¿Tiene que ver con un afecto familiar, un deseo erótico o una entrega sacrificial? Puesto que en la cultura griega bajo la cual fue escrita esta porción de las Escrituras se distinguían distintos tipos de amores, este capítulo iniciará con un análisis gramatical de este concepto.

El amor erótico

Por una parte, existe una clase de amor al que los griegos llamaron eros. En la mitología, Eros es el dios responsable de la atracción sexual, el amor venerado y la fertilidad. De acuerdo con los filósofos antiguos, eros es una designación para referirse al erotismo.

Aunque en la Biblia no aparece esta palabra, se puede enmarcar en esta categoría toda clase de amor pasional que involucre tanto a una pareja casada como a un par de amantes ocasionales, sea este el caso del hombre a quien el sabio de los Proverbios aconseja no enredarse con una prostituta. La mujer del proverbio exclama: “Ven, embriaguémonos de amores hasta la mañana; Alegrémonos en amores” (Pr. 7:18).  La palabra “amores” (heb. ájab) en este versículo significa “afecto”, pero proviene de una raíz hebrea que implica un deseo sexual.

El amor erótico no es malo en sí mismo, lo malo es gozarlo fuera de los límites del matrimonio. Por desgracia, para muchas personas el amor se reduce a esta categoría. Lo preocupante de esta forma de ver el amor es que desvía la atención del verdadero amor.

Es común ver a parejas aferrarse a esta clase de amor en los primeros años de su relación. Debido a que este amor brota de las emociones y surte por el efecto de las hormonas en el cerebro, cuando vienen las adversidades o cuando cada uno descubre las imperfecciones del otro, todo el edificio se derrumba. Con el paso del tiempo, estas personas decepcionadas adquieren un malestar generalizado por todo lo que se llame amor. Su decepción amorosa llega a tal punto que no hay cabida en ellos para un amor celestial. Esto les trae apatía por las cosas santas y un desdén incluso por cultivar relaciones sanas con otros.

De allí que el amor al prójimo al que se refiere la Biblia tiene muy poco o nada que ver con sexo, romance o erotismo, porque el amor de Dios excede lo natural y se ubica en el plano de lo espiritual.

El amor filial

La segunda clase de amor es el filantrópico, que proviene de la palabra griega filéo. A diferencia del amor erótico, este se refiere a un cariño que se origina en el contexto de las relaciones afectivas. Por ejemplo, en Proverbios 17:17 Salomón escribe: “En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia”. A su vez, el rey David describió su amistad con Jonatán así: “maravilloso fue tu amor hacia mí, que sobrepasó el amor de las mujeres” (2 S. 1:26 JBS).

Ahora bien, esta clase de amor no es exclusiva de aquellos que han nacido de nuevo. Todas las personas tienen la capacidad de amar en este sentido. De hecho, es por esta clase de amor que se le ha llamado filántropos a quienes que se dedican a trabajar por las personas y procuran su progreso y bienestar de manera desinteresada.

En varias oportunidades, la Biblia invita a los creyentes a cultivar esta clase de amor. En Romanos 12:10 (NVI) Pablo exhorta: “Ámense [filadelfía] los unos a los otros con amor fraternal, respetándose y honrándose mutuamente”. El apóstol anima a la iglesia de Roma a que se traten con ternura, dando honra a su prójimo.

Es un deber ético ayudar a otros a ser lo mejor que puedan llegar a ser. Ahora bien, en el contexto bíblico (por ejemplo, en Pr. 17:17 y 2 S. 1:26) esta clase de amor no necesariamente apunta a una conducta justa y piadosa. Existen casos en los que un amor entrañable es puesto al servicio de un propósito perverso. Por eso Jesús enseñó que el verdadero amor va más allá de un afecto natural. Él dijo:

Ustedes han oído que se dijo: «Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo». Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, para que sean hijos de su Padre que está en el cielo. Él hace que salga el sol sobre malos y buenos, y que llueva sobre justos e injustos. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa recibirán? ¿Acaso no hacen eso hasta los recaudadores de impuestos? Y, si saludan a sus hermanos solamente, ¿qué de más hacen ustedes? ¿Acaso no hacen esto hasta los gentiles? Por tanto, sean perfectos, así como su Padre celestial es perfecto

Mt. 5:43-48 NVI.

Alguno puede decir que ama al prójimo, siempre y cuando ese prójimo sea su familiar, su mejor amigo o su pareja. No obstante, el amor al que apunta la Escritura se pregunta: ¿amas a tu enemigo? ¿Amas a aquel que te hizo daño? ¿Amas a aquel que te traicionó? ¿Amas a tus dirigentes políticos (aunque no te representen)? ¿Amas a los pecadores? ¿Amas a los habitantes de este mundo? Si la respuesta es que no, el creyente debe recordar el reproche del Señor: “¿qué de más haces?”. Entonces, ¿cuál es el amor al que apunta la Palabra?

Adquiere Verdadera fe salvadora aquí.

Agape: el amor divino

Siguiendo con la explicación de Gerald Nyenhuis acerca del ideal moral cristiano, “la ética del Nuevo Testamento acentúa como la virtud básica y más comprensiva el amor”.[1] Para este autor, el amor es “el mandamiento básico inclusivo”[2], en otras palabras, el guardar el nuevo mandamiento del Señor es prueba o evidencia del discipulado cristiano ante el mundo (Jn. 13:34-35). Nyenhuis añade un argumento de peso al afirmar que “el agapee humano está arraigado en la fe cristiana”.

El amor cristiano no es lo mismo que el amor natural, ni aun en el amor llamado ágape, sino que es el amor arraigado en la fe cristiana, de la cual brota. Es la fe que se apropia del amor que Dios tiene para los pecadores, plenamente manifestado en Cristo y en la redención. La fe cristiana se desarrolla en el amor cristiano. Gracia, fe, amor, libertad, caridad: esta es la cadena indisoluble fuera de la cual ninguna obra es buena. De ello notamos claramente que la fe es anterior al amor y al ejercicio de la vida cristiana, ya que el amor cristiano está completamente condicionado por esa fe. El amor cristiano se edifica sobre la base de la fe cristiana.[3]

Gerald Nyenhuis, Ética cristiana

En consecuencia, si una persona quiere saber si posee la verdadera fe salvadora debe preguntarse si tiene un amor abnegado por el prójimo. Juan escribió: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en muerte” (1 Jn. 3:14).

La palabra usada para amor aquí es agape, que literalmente significa “festín de amor”. En el Nuevo Testamento, esta palabra es usada unas 113 veces. Por ejemplo, nuestro Señor les dijo a sus seguidores: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor [agape] los unos con los otros” (Jn. 13:35). También, el autor de Hebreos escribió: “Preocupémonos los unos por los otros, a fin de estimularnos al amor [agape] y a las buenas obras” (He. 10:24 NVI). De todos los textos que hablan del amor, el más descriptivo es 1 Corintios 13:1-7. Allí, Pablo explica la supremacía del amor en contraste con el ejercicio de los dones espirituales.

Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve.

1 Co. 13:1-3.

Pablo explica que los dones sobrenaturales son intrascendentes si se usan para fines egocéntricos. Además, enfatiza en que los más sublimes actos de filantropía, como el martirio o la renuncia de las posesiones materiales, carecen de valor alguno si el corazón no arde de amor (cf. Sal. 51:17). En lugar de eso, Pablo apunta a una verdad espiritual mucho más rica. A continuación, se presentan las excelentes propiedades del amor agape.

Significado del amor agape a la luz de 1 Corintios 13:4-8

El amor es sufrido

Esta cualidad enseña que el amor es paciente, es decir, “sabe soportar los males y las injusticias que provienen de la maldad de los hombres, al confiar en la protección de Dios”.[4] Esto no quiere decir que el creyente debe soportar malos tratos. Esta virtud apunta a una perseverancia activa para vencer con el bien el mal (Ro. 12:21). Esto significa que un verdadero discípulo de Jesús no se vengará ante una injusticia, sino que confiará en las herramientas que Dios le ha dado para enfrentar dichos males.

En todo caso, el amor sufrido elige confiar en la protección de Dios en lugar de tomar la justicia por mano propia. Como dijo Pablo: “No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres. Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Ro. 12:17-18).

El amor es benigno

Esto significa que el amor es servicial. Quienes experimentan el amor de Dios se comportan con amabilidad y benevolencia con su prójimo, y aprovechan cada oportunidad para hacer el bien a sus semejantes. En este sentido, Jesucristo fue el ejemplo supremo. Él actuó como un pastor para las ovejas descarriadas de Israel. Su ministerio se caracterizó por la misericordia. Por eso el Señor señaló que su misión en la tierra consistía en ser bondadoso con todos: “El Espíritu de Dios está sobre mí, porque me ha ungido para traer buenas nuevas a los afligidos; me ha enviado para vendar a los quebrantados de corazón, para proclamar libertad a los cautivos y liberación a los prisioneros” (Is. 61:1).

Así que, como Cristo lo hizo, el creyente debe amar al prójimo. Después de todo, Él mismo declaró: “si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará” (Jn. 12:26).

El amor no tiene envidia

Una de las causas de la amargura es la envidia. A pesar de que Dios le ha dado a su iglesia tesoros celestiales invaluables, muchos cristianos se preocupan más por lo que no tienen. Cierto teólogo dijo que la envidia es el arte de contar las bendiciones ajenas y no las propias. El problema de la envidia radica en que ciega a las personas y les impide pensar con claridad. Envidiar un puesto de trabajo, un salario, una posición ministerial, un don o un talento, incluso la familia de otro, produce frustración.

Al permitir la envidia, la persona cierra la puerta que le conduce al verdadero gozo, porque al codiciar la vida de otro está aborreciendo la suya y desestimando la de los demás. Así que el amor no siente celos ante el bien del prójimo, sino que se goza cuando otros disfrutan de los mayores y mejores bienes de toda clase.

El amor no es orgulloso

En 1 Corintios 13:4 se lee que “el amor no es jactancioso, no se envanece”. La idea que transmite la palabra jactancioso (gr. perpereúomai) es la de llenar una bolsa de aire; inflar el pecho. En ese sentido, hay personas tan ‘llenas’ de las bendiciones inmerecidas de Dios que se sienten superiores a los demás.

Esta era la clase de corazón que tenían Santiago, Juan y su madre. La Biblia dice que la mujer se acercó a Jesús, se arrodilló y le pidió un extraño favor: “Te pido, por favor, que permitas que, en tu reino, mis dos hijos se sienten en lugares de honor a tu lado, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda” (Mt. 20:21 NVI). Al ver la petición de cada uno, los discípulos se indignaron, tanto que el Señor tuvo que reunirlos aparte.

Ustedes saben que los gobernantes de este mundo tratan a su pueblo con prepotencia y los funcionarios hacen alarde de su autoridad frente a los súbditos. Pero entre ustedes será diferente. El que quiera ser líder entre ustedes deberá ser sirviente, y el que quiera ser el primero entre ustedes deberá convertirse en esclavo.

v. 25-27.

El amor huye de actitudes exclusivistas y soberbias, pues es amigo de la modestia y la humildad.

El amor no hace nada indebido

Un sinfín de personas cree que su amor es genuino mientras, a escondidas, toleran actos indebidos. Pero el amor se comporta de forma decente, ordenada y cortés. No hace nada fuera de tiempo y lugar. Al contrario, procura ser respetuoso de las normas de conducta social y actúa de acuerdo con una sólida ética bíblica.

El amor no busca lo suyo

Los seres humanos suelen justificar sus intereses personales detrás de las banderas del amor. Pero las personas que tienen un amor real no buscan su propia utilidad. Por el contrario, sus actitudes y acciones están determinadas por el bienestar del prójimo, aunque para ello deban renunciar a sus más arraigados intereses personales.

El amor no se irrita

Un comentarista escribió: “Donde arde la llama del amor, no se encienden fácilmente las llamas del furor; y, si llegan a encenderse de pronto, no tardan en apagarse”.[5]

La ira es una respuesta emocional ante una injusticia o un hecho adverso. La Biblia dice que, como seres humanos, podemos airarnos, pero la advertencia es no pecar. “No se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo”, declaró Pablo (Ef. 4:26-27). Y esto es debido a que la ira es el primer paso hacia la venganza. El que controla el fulgor de su ira y permite que la paz de Dios gobierne sus sentimientos evitará las nefastas consecuencias de provocar un incendio.

El amor no guarda rencor

El amor no lleva en un libro la cuenta de todas las ofensas que otros han cometido. Son muchas las parejas que, en una consejería matrimonial, traen a la memoria las ofensas que su cónyuge cometió en el pasado. Puede que la causa presente del problema sea otra, pero las ofensas no perdonadas tarde o temprano engendran odios y resentimientos. Las personas que están en Cristo no guardan rencores en el fondo del corazón, ni tampoco sacan en cara las ofensas pasadas. El amor genuino olvida las iniquidades recibidas y no tiene ningún sentimiento de revancha.

El amor no se goza de la injusticia, sino de la verdad

En otras palabras, el amor no es condescendiente. Puede ser que para algunos amar incluya encubrir las faltas de otros, no importa si atentan contra la verdad. No obstante, el amor no se goza de la iniquidad, sino de todo lo que es genuino, bueno y justo. Cuando la verdad triunfa, el amor se regocija juntamente con ella, mientras que le entristecen las injusticias, las violencias, las maldades de todo género, que suelen figurar en las primeras páginas de los medios de comunicación.

Si el creyente quiere agradar a Dios en su diario caminar, procurará deleitarse en aquellas cosas en las que Él se deleita. La Palabra enseña que “hacer justicia y juicio es a Jehová más agradable que sacrificio” (Pr. 21:3). Y a los judíos, el profeta Miqueas exhortó: “Oh hombre, Él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios.” (Mi. 6:8).

La justicia es algo que toda persona nacida de nuevo debe practicar a diario en el trato con el prójimo, pues como señaló el apóstol Juan: si Dios es justo, también el que es nacido de Él hace justicia (1 Jn. 2:29).

El amor todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta

Pablo concluye la lista de las excelencias del amor diciendo que “todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co. 13:7). Esta sección resume todo lo que el apóstol ha venido enseñando. Cada una de las características antes mencionadas apuntan a que el amor de Dios en el corazón de un creyente está dispuesto a sufrir por el bien. Así mismo, está arraigado en la fe, todo lo cree, incluso a pesar de que las circunstancias indiquen lo contrario; el amor cree que los pecadores se pueden arrepentir y que Dios es misericordioso para perdonar.

Lo anterior quiere decir que el amor verdadero está dispuesto a esperar en la gracia de Dios, es paciente, no se afana por ver resultados, sino que puede soportar la adversidad mientras las situaciones adversas de la vida se tornan a favor del creyente.

El amor nunca deja de ser

A su vez, Pablo refuerza esta idea afirmando que: “el amor nunca deja de ser” (v. 8). En un mundo plagado por el humanismo resulta lógico que algunos crean que el amor no es eterno. Quienes piensan así tiene en mente el amor erótico o filantrópico, los cuales, en efecto, son pasajeros. Pero el agape no deja de ser, porque no es sentimiento, sino que se manifiesta perfectamente en una persona: Jesucristo.

La Biblia enseña que Dios es amor (1 Jn. 4:8). La Escritura no dice que Dios es amoroso, sino que Dios es amor. Esto quiere decir que de su ser brota toda la fuente del amor verdadero. Ahora bien, dado que nadie ha visto a Dios, sino que el Hijo encarnado es su fiel representación y su copia exacta, se puede afirmar que el amor está encarnado en la persona de Cristo y que, por tanto, nunca deja de ser, porque Él es “el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Hch. 13:8, cf. Jn. 1:18; He. 1:1-2).

En conclusión, si alguno dice que está en Cristo, debe vivir en amor. “El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor” (1 Jn. 4:8). Y ese amor es de tales proporciones que siempre se elevará más alto que cualquier afecto que puedan expresar los seres humanos. Esta clase de amor al prójimo practican los verdaderos creyentes.

¿Amas con un amor entrañable y celestial? ¿Practicas el amor al prójimo tal como lo ensaña Jesús? ¿Crees que necesitas mejorar tu relación con Dios para poder amar al prójimo como a ti mismo? Si te has decepcionado del amor que te proporciona el mundo, ¿crees que el amor de Dios puede llenar por completo tu corazón?

Introduce tu correo electrónico y recibe en tu bandeja los últimos artículos de El Camino de Damasco.

Este artículo fue tomado y adaptado del quinto capítulo del libro Verdadera fe salvadora, disponible a la venta en El Camino de Damasco. Todos los derechos reservados.


[1] Gerald Nyenhuis y James P. Eckman, “El ideal moral cristiano: la práctica del amor”, en Ética Cristiana, un enfoque bíblico-teológico (Miami: Editorial UNILIT, 2002), 138.

[2] Ibíd.

[3] Ibíd., 141.

[4] Matthew Henry, “1 Corintios”, en Comentario Bíblico de Matthew Henry (Barcelona: CLIE, 1999), 1627-1628.

[5] Henry, “1 Corintios”, 1628.