Análisis bíblico de una oración de ‘guerra espiritual’

La siguiente es una revisión de las declaraciones de Francisco Pinales en su programa diario “Vida de Oración”. El propósito de este ejercicio es instruir a los creyentes en la necesidad de edificar una vida de oración a través de una interpretación correcta de las Escrituras (Santiago 5:16).

Para efectos pedagógicos, se resaltan aquellas frases que serán tenidas en cuenta para el análisis. Dado que la oración carece de estructura temática, se desarrolla el análisis en el mismo orden en el que el orador presenta su discurso. Sin embargo, me ha parecido instructivo clasificar los segmentos por subtemas.

1. Algo grande viene para ti

«[…] Ese Dios está contigo ahora, ese Dios está contigo en este momento. Aleluya. Por eso no temas, no temas, porque algo grande viene de Dios para ti, las puertas se abrirán, se irá la escasez, el miedo, la contienda, todo mal se va a ir».

Es cierto que Dios está con sus hijos en todo tiempo, pues habita en ellos por medio del Espíritu Santo; somos el templo del Señor (1 Corintios 6:19). El creyente puede confiar en Dios porque Él está a su lado. Sin embargo, la razón que ofrece la oración para no tener miedo es equivocada: “porque algo grande viene”, dice.

¿Qué es eso tan grande que ocupa la mente del orador? Él declara: “las puertas se abrirán, se irá la escasez”. La frase encierra unas cuántas preguntas: ¿Qué es lo más grande que puede recibir de parte de Dios un creyente? ¿Qué podría pasar si Dios decide cerrar una puerta? ¿Y si Dios en su soberana providencia decide no prosperar sino mantener la escasez?

Es frecuente que se cite el Antiguo Testamento para argumentar a favor del derramamiento de todo tipo bendiciones terrenales, entre ellas tierras fructíferas, riquezas y éxito político-militar. Muchos creyentes pueden aplicar a sí mismos las promesas de Dios para la nación de Israel, basados en los pactos entre Dios y los judíos en Génesis 15, 16 y 17. Pero hacer esto es forzar el texto, sacarlo de su contexto histórico y teológico.

Las promesas dadas al pueblo de Israel, con respecto a la posesión de una tierra prometida, fueron exclusivas para el pueblo de Israel en un sentido histórico. Para la iglesia, estas promesas son una realidad sólo en un sentido espiritual en el contexto de la obra expiatoria de Cristo (la simiente de Abraham) para poseer una herencia en los cielos.

En contraste con las aparentes promesas de prosperidad terrenal que se les ofrecen a los cristianos modernos, se podrían citar un texto del Antiguo Testamento que enseña que Dios puede (y lo hace) permitir la escasez y “cerrar puertas” para fortalecer la fe de alguien.

En Deuteronomio 8:3 Moisés les recuerda a los israelitas: “Y te afligió, y te hizo tener hambre, y te sustentó con maná, comida que no conocías tú, ni tus padres la habían conocido, para hacerte saber que no solo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre”.

Dios puede afligir a los suyos con el fin de probar sus corazones y conducirlos al arrepentimiento (lee 1 Pedro 1:7). En su soberanía, Dios puede determinar un periodo de escasez en el que motiva a sus hijos a depender plenamente de su provisión en la persona de Cristo, el maná que descendió del cielo y el sustento de todo ser humano. El Señor Jesús declaró: “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo” (Juan 6:51).

Jesús mismo reconoció su escasez material: “Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza” (Mateo 8:20). Su vista estaba puesta en las cosas del cielo, no en las cosas de la tierra.

Después, cuando atravesó los momentos más duros de su ministerio terrenal, en escasez, persecución y tribulación de alma y cuerpo, oró: “Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú quieras” (Mateo 26:39).

Hay una cosa que distingue la oración de Jesús: su humildad. Él reconoció que de Dios viene tanto la escasez como la abundancia, la prosperidad y la sequía. ¿Quién más puede determinar el curso de los hombres, su prosperidad o su bancarrota? “Yo Jehová, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto” (Isaías 45:6b-7).

Jesús sabía que sería dependiendo de la voluntad del Padre que serían abiertos o cerrados los cielos, entregadas o negadas las bendiciones. La oración debe partir de esa misma actitud de humildad que tuvo Jesús con respecto a la voluntad de Dios.

Hoy Dios nos anima es tener la mentalidad de Pablo, que en medio de su dura situación pudo orar: “Sé lo que es vivir en la pobreza, y lo que es vivir en la abundancia. He aprendido a vivir en todas y cada una de las circunstancias, tanto a quedar saciado como a pasar hambre, a tener de sobra como a sufrir escasez” (Filipenses 4:12). Él aprendió a vivir en medio de su situación, sabiendo que era Dios el que había determinado en su sabiduría dicha prueba para fortalecer su fe.

¿Cuántos pueden afirmar que han aprendido a vivir con gozo a pesar de las duras circunstancias de la vida? No huyamos de la prueba, enfrentémosla con gozo.

2. El gigante cae por tierra; los demonios son destruidos

«En esta hora me revisto de fe y de autoridad, me uno con este hermoso pueblo, declarando que el gigante cae por tierra, que los demonios son destruidos a causa del poder de Dios. No quedará demonio de pie».

Me ha parecido sabio tratar el resto de esta sección por partes. Esta porción en particular menciona al “gigante” que debe “caer por tierra”, una clara referencia al enfrentamiento entre David (el ungido de Dios) y el gigante Goliat (el filisteo).

No es el propósito de este artículo hacer una interpretación exhaustiva de 1 Samuel 17, y de cómo David apunta a Cristo como un tipo profético de su ministerio como rey y conquistador de la muerte. Sin embargo, vale la pena resaltar que muchos predicadores siguen insistiendo en que cada creyente tiene una “batalla personal” que debe librar con sus propios “gigantes”. En muchas ocasiones este gigante es un problema, una persona, una enfermedad o el demonio mismo. Sin embargo, en ninguna parte de las Escrituras se menciona a Satanás o cualquier adversidad como un “gigante” que deba ser derrotado por el creyente. Antes bien, la Palabra enseña: “Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros” (Santiago 4:7).

La palabra “resistir” en el idioma original de la Biblia significa ‘pararse en frente con firmeza’. No sugiere una batalla a muerte, tampoco implica la destrucción del enemigo, más bien indica que el creyente debe sostenerse firme en Dios. Por eso el texto empieza así: “someteos [lit. sujétense], pues, a Dios”; cuando el creyente se sujeta a Dios puede estar firme contra el diablo. Es un sujetarse en Dios, a la Roca de la Vida. No es ponerse en pie de batalla, es refugiarse en Dios. El resultado es que Satanás huirá de nosotros. Sencillamente se va. Esto ocurrió en la tentación de Jesús en el desierto (Mateo 4:1-11): el diablo tuvo que huir de la presencia del Jesús porque Él estaba firme en la Palabra de Dios.

Así que Satanás no será “echado por tierra” o “destruido” a causa de la guerra espiritual, tal afirmación carece de sustento bíblico. Quizás un texto que se acerca a este pensamiento es Efesios 6:12, en el que Pablo dice: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes”. Sin embargo, el texto quiere mostrarnos un contraste más que un principio de guerra espiritual: no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados. La lucha del creyente no es en contra de otras personas; es un desperdicio de tiempo pelear con las personas, con el gobierno de turno, con los incrédulos de nuestro vecindario o incluso con los herejes y sectarios.

El texto debe interpretarse en su contexto inmediato. En Efesios 5 Pablo invita a la iglesia a practicar el amor. Pablo hace una invitación a servir con humildad a los que nos tratan con desprecio. Los creyentes deben actuar con amabilidad y entender que la verdadera lucha que enfrentan es de carácter espiritual. No peleamos contra sangre ni carne, enfrentamos una lucha contra un sistema espiritual de maldad que es hostil al Evangelio.

Ahora bien, note la manera como Pablo enseñó a enfrentar la opresión espiritual de Satanás: “Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo” (Efesios 6:10-11).

La instrucción es la misma que en Santiago 4:7. El creyente se fortalece en el Señor y se somete a Dios para resistir las asechanzas del diablo. No se nos llama a una guerra frontal contra Satanás; esa tarea fue hecha por el Señor Jesucristo al triunfar sobre el diablo en la cruz del Calvario, “despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz” (Colosenses 2:15). La palabra “triunfando” aquí significa ‘habiéndolos conquistado’. Es un lenguaje propio de un rey. Jesucristo es el rey que venció a la muerte y aplastó la cabeza de Satanás (Gn. 3:15). ¡La obra está hecha!

Ahora bien, ¿cuál es el arma poderosa que el creyente tiene a su disposición? El apóstol Juan enseña: “Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” (1 Juan 5:4-5).

Quiero que note lo que pesaba Pablo con respecto al mismo tema: “Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes […] Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno” (Efesios 6:13, 16).

¿Quiere triunfar sobre Satanás? Ocúpese de someterse a Dios y fortalecer su fe por medio de la lectura de la Palabra. Esa es la verdadera arma del creyente. Pastores, si enseñamos a los miembros a someterse a Dios y a resistir en fe, el diablo ciertamente se irá. Por lo demás, amado, recuerde que Satanás no será totalmente destruido sino hasta que Cristo venga por segunda vez y sea lanzado al lago de fuego eterno (lee Apocalipsis 20:10).

3. Atamos al hombre fuerte

«Dios mío, Dios mío, rey de gloria, en el nombre que está por encima de todo nombre, ato y reprendo toda fuerza del infierno, reprendo toda brujería, toda hechicería, en el nombre de Jesús, atamos al hombre fuerte, a los demonios, a los principados, a las potestades, a las legiones, a todo espíritu maligno de confusión, a todo espíritu de atadura, de vicio, de muerte».

En Marcos 3:27 el Señor declara: “Ninguno puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si antes no le ata, y entonces podrá saquear su casa”. Es de este texto que ciertos oradores enseñan que Dios nos ha dado el ‘poder de atar a los demonios’. Pero este es un claro ejemplo del error de basar una doctrina a partir de un versículo de la Biblia, sin tener en cuenta su contexto inmediato.

Debemos recordar que la Biblia fue escrita en forma de libros completos. La Palabra no nos fue dada en versículos o frases aisladas. Si leemos la Biblia así, podemos incurrir en el error de afirmar cualquier cantidad de cosas que Dios no enseña. Veamos el contexto de este pasaje y descubramos su verdadero significado.

El contexto del pasaje es Marcos 3:20-30. El texto indica que un grupo de fariseos acusó a Jesús de echar fuera demonios por el poder de Beelzebú (Satanás). Para los fariseos, Jesús era un hechicero, un servidor de Satanás cuya misión consistía engañar a las personas por medio de falsas señales, entre ellas, expulsar a los demonios por medio del poder de los mismos demonios. Ante tal incongruencia, Jesús les recordó que si el propósito de Satanás fuera darle poder a Jesús para reprender a los demonios, ciertamente ha fracasado.

Para ilustrar esto, el texto dice que Jesús enseñó en parábolas. Y aquí hay que tener cuidado con las normas que rigen la interpretación bíblica, pues a partir de este momento pasamos de una narración (Marcos 3:20-22) a una serie de parábolas (Marcos 3:23-30), las cuales se interpretan siguiendo otros principios. ¿Qué es una parábola? Una parábola es una narración de un suceso fingido del que se deduce, por comparación o semejanza, una verdad importante o una enseñanza moral. Al ser una narración fingida, hipotética e ilustrativa, no debe ser interpretada de manera literal, como sí se tratara de una narración. Interpretar una parábola de manera literal sería como leer un cuento de ciencia ficción como si fuera una noticia.

La primera parábola que el Señor dijo fue: “Si un reino está dividido contra así mismo, tal reino no puede permanecer” (v. 24). La ilustración es clara: si un gobierno tiene consejeros que se contradicen, familiares que se traicionan y oficiales que se matan, ciertamente el imperio caerá. La segunda parábola fue: “Y si una casa está dividida contra sí misma, tal casa no puede permanecer” (v. 25). Lo mismo pasa en una familia: si el padre, la madre y los hijos se odian unos a otros, ciertamente esa familia perecerá. Por tal motivo, Jesús da el significado de las parábolas: “si Satanás se levanta contra sí mismo, y se divide, no puede permanecer, sino que ha llegado a su fin”.

Hasta aquí el contexto es muy claro: Jesús no echa demonios por el poder de los demonios, pues de lo contrario Satanás estaría acabando con su propio reino. Entonces, ¿por qué Jesús usó una tercera parábola? Él quería reforzar la misma idea, pero esta vez enfatizó en su poder divino para someter al diablo.

“Ninguno puede entrar en la casa de un hombre fuerte [lit. fortachón] y saquear sus bienes, si antes no le ata, y entonces podrá saquear su casa”. ¿A quién representa el fortachón de esta parábola? Representa a Satanás, un ángel caído con un poder superior al de cualquier hombre. ¿A quién representa el que puede atar al fortachón? A Jesucristo. Pensar que un simple hombre endemoniado, un hechicero pagano, era capaz de destruir y derrotar a Satanás es irrisorio. ¿Puede un brujo derrotar al mismísimo príncipe de los demonios y someterlo bajo sus pies? ¡No! Sólo Dios puede hacer eso. Solo Jesucristo tenía el poder de enfrentarse a Satanás y librar a las personas de su influencia demoniaca. Por tal motivo, la afirmación de los fariseos no sólo mostraba su insensatez, sino su blasfemia contra el Espíritu Santo.

Sería un grave atropello en contra de las Escrituras afirmar que Jesús está enseñando a sus seguidores por medio de esta parábola a “atar” a Satanás y “robar” lo que hay en su casa. Si bien es cierto que Jesús les dio autoridad a sus discípulos para echar fuera demonios y para sanar enfermedades, como señales de su autenticidad apostólica para la proclamación del Evangelio, “Reuniendo a los doce, [Jesús] les dio poder y autoridad sobre todos los demonios y para sanar enfermedades” (Lucas 9:1; compare con Hechos 19:13-15), no obstante, jamás los motivó a “atar” a Satanás y “robar” lo que hay en ‘su casa’.

No quiero pasar a la siguiente sección sin mencionar otra cita bíblica que estos oradores utilizan como base para atar a Satanás. “De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo” (Mateo 18:18). La interpretación es sencilla (y no tiene nada que ver con atar y desatar bendiciones).

Jesús habla en este pasaje (vv. 15-17) sobre cómo se debe perdonar a un hermano. Para ello muestra tres etapas en el proceso de disciplina eclesiástica: a) reprender al hermano que peca en privado; b) reprender al hermano que peca en presencia de dos o tres testigos; c) reprender al hermano que peca en presencia de toda la congregación. Si no se arrepiente, la iglesia puede afirmar el juicio de Dios sobre esa persona, y expulsarlo de la congregación. Si se arrepiente, la iglesia puede afirmar el perdón de Dios sobre esa persona, y restituirlo.

Previamente, en Mateo 16:19, Jesús le dijo a Pedro: “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos”. Ambos pasajes apuntan a la autoridad que Jesús les dio a los apóstoles para perdonar o no perdonar pecados en el contexto de la disciplina eclesiástica: “A quienes les perdonen sus pecados, les serán perdonados; a quienes no se los perdonen, no les serán perdonados” (Juan 20:23).

Todo esto significa que todo cuerpo debidamente constituido de creyentes, actuando de acuerdo con la Palabra de Dios, tiene la autoridad para declarar si alguien es perdonado o no. La autoridad de la iglesia no está en determinar estas cosas, sino en declarar el juicio divino basado en los principios de la Palabra de Dios. Cuando los creyentes hacen este tipo de juicios basándose en la Palabra de Dios, pueden estar seguros de que Dios está de acuerdo también. En otras palabras, cualquier cosa que ellos “sujeten” o “desaten” en la tierra también será “sujetado” o “desatado” en los cielos. Cuando la iglesia dice a la persona impenitente que es atada en sus pecados, la iglesia dice lo que Dios dice sobre esa persona. Cuando la iglesia reconoce que una persona arrepentida ha sido desatada de sus pecados, Dios está de acuerdo.

En ese contexto es que el Señor declara: “todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo”. Como se puede observar, nada tiene que ver con Satanás, o bendiciones materiales.

4. Rompiendo maldiciones generacionales

«Se va la maldición de la miseria, la ruina, del fracaso, que el fuego de Dios esté quemando, destruyendo, rompiendo maldiciones generacionales, cadenas, todo mal va saliendo de ti en esta hora».

El tema de las maldiciones que pasan de generación en generación es otro uso frecuente de las enseñanzas del Antiguo Testamento. Se basan en un pasaje bíblico: Éxodo 20:5. “No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen”.

Nuevamente, vale la pena preguntarse, ¿cuál es el contexto de este pasaje? El contexto del pasaje es la entrega de los Diez Mandamientos por parte de Dios en el desierto de Sinaí, en el tercer mes de la salida de los israelitas de Egipto. El mandamiento es no adorar a falsos ídolos, pues las consecuencias son un enojo divino hacia las familias que practiquen tal pecado.

Moisés ya había declarado que los hijos no serían castigados por los pecados de los padres. En Deuteronomio 24:16 se enseña: “Los padres no morirán por los hijos, ni los hijos por los padres; cada uno morirá por su pecado”. El profeta Ezequiel recalca lo mismo en 18:20: “El alma que pecare, esa morirá; el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo; la justicia del justo será sobre él, y la impiedad del impío será sobre él”.

La palabra “llevará” en el idioma original significa ‘elevar una carga y ponerla sobre el hombro’. El hijo no cargará con el pecado del padre, es decir, no será responsable por el pecado del padre, ni juzgado por él.

Aun así, es una verdad irrefutable que los hijos criados en un hogar idólatra sentirán los efectos de las violaciones a la ley de Dios por parte de sus padres. Los hijos criados en un ambiente así se impregnan de dicha idolatría y luego la practican, y pasan a su vez a expresar una desobediencia llena de odio. El efecto de una generación desobediente a Dios es plantar semillas de maldad para las generaciones siguientes.

Romper una maldición generacional simplemente es ineficaz porque no existe tal maldición generacional por la cual Dios pueda castigar a un hijo o Satanás pueda atormentarlo. Si se aferran a Dios en obediencia a Dios, las nuevas generaciones pueden tener la seguridad de que ninguna de las maldiciones generacionales que acarrearon sus padres por su desobediencia serán transferidas a ellos como un yugo sobre el cuello.

La única maldición generacional que todos los seres humanos recibimos de nuestros padres es la maldición del pecado heredado de Adán y Eva. Este pecado (y sus consecuencias) fue transferido de generación en generación a toda la raza humana: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12). ¿Cómo ser libre de la maldición del pecado, es decir, la muerte eterna? La respuesta es venir a Cristo en arrepentimiento y fe, tomar la cruz y seguirlo; vivir una nueva vida para la gloria de Dios (Romanos 5:18). No hay ninguna oración que pueda librar de esta maldición a alguien, sólo mediante la fe personal el ser humano puede ser libre de aquella maldición generacional.

Finalmente, no quiero pasar por alto la última parte de esta oración: “van saliendo de ti en esta hora”. Es común que para estas personas todo tipo de mal esté representado por un espíritu que posee al cristiano. Hay un par de cosas que quiero enfatizar por el momento: la primera es que no es cierto que toda circunstancia adversa para el creyente sea obra de un “espíritu maligno” que está en su interior; debemos recordar que en la mayoría de los casos la maldad proviene del corazón del hombre (lee Jeremías 17:9), tales son las obras de la carne que menciona Pablo en Gálatas 5:19-21. No existe tal cosa como un espíritu de ira, homicidio, borrachera, lujuria, brujería, fornicación, adulterio, etc. Esta es una vana manera de librar a los hombres de su responsabilidad frente al pecado.

En segundo lugar, los creyentes verdaderos son “templo del Espíritu Santo” (1 Corintios 3:16) y, por tanto, no puede dicho templo ser poseído o habitado por un demonio. Las oraciones pidiendo que salgan los “espíritus malignos” del interior de los miembros de una congregación demuestran una preocupante ignorancia bíblica con respecto a la unión espiritual que Cristo tiene con los cristianos, su cuerpo (lee Colosenses 3:3).

5. Que el fuego de Dios descienda sobre el campamento del adversario

«Que el fuego de Dios esté descendiendo del cielo en este momento, en el campamento del adversario. Que el fuego de Dios esté descendiendo, quemando todas las maldiciones, quemando todas las brujerías. En esta hora se quema lo que el diablo envió contra ti, se quema. Lo que el enemigo envió contra ti se quema. Se quema la maldición, se quema la opresión, se quema en esta hora, todo mal se quema en el nombre de Jesús. En el nombre poderoso de Jesús se quema. Se va de tu vida, de tu casa, de tu familia, la atadura, la opresión, la maldición, la miseria, la ruina, el fracaso, todo espíritu maligno se va de tu vida. Enviamos fuego al campamento del adversario. Enviamos fuego a los demonios que se levantan contra la iglesia. Que sean azotados, que sean atormentados los demonios. Sean atormentados en esta hora, sean atormentados en el nombre de Jesús. Declaro la confusión en el campamento del adversario, Dios mío confunde al enemigo, Padre amado confunde a todos los demonios, todos los espíritus malignos, confúndelos, Dios mío en el nombre de Jesús. Padre amado cierra la boca de los demonios, enmudece Satanás, enmudece diablo, enmudece espíritu maligno, cae por tierra sin fuerza, destruido, vencido, derrotado [habla con palabras extrañas]».

Hay varias citas bíblicas que vienen a mi mente cuando escucho este fragmento. Por una parte, la frase inicial me recuerda la sorprendente historia de Elías quien, en un momento de su ministerio, mientras se enfrentaba a los falsos profetas de Samaria, el Señor lo respaldó con una señal de su autoridad y poder al consumir con fuego el sacrificio que había preparado en un altar de piedras. Para probar la autoridad del verdadero Dios de Israel, Elías oro frente a los paganos: “Respóndeme, Jehová, respóndeme, para que conozca este pueblo que tú, oh Jehová, eres el Dios, y que tú vuelves a ti el corazón de ellos” (1 Reyes 18:37). Entonces cayó fuego de Jehová, y consumió el holocausto, la leña, las piedras y el polvo, y aun lamió el agua que estaba en la zanja (v. 38).

Hay un problema con este texto, y es que el fuego no cayó sobre el campamento del enemigo, sino que esta señal poderosa de Dios tenía la intención de que el pueblo conociera quién era el Señor, y volviera su corazón en arrepentimiento y fe. En otras palabras, el objetivo del milagro era el arrepentimiento, no la destrucción.

Descartando este texto, se puede citar otro pasaje bíblico en el que el fuego de Dios consumió a un par de hombres en tiempos de Moisés. Se trata de la historia de los hijos de Aarón, Nadab y Abiú, quienes ofrecieron fuego extraño en el altar del sacrificio, y de inmediato una columna de fuego los calcinó (Levítico 10:1-10). Este texto debe ser descartado para efectos de apoyar la oración del predicador, pues el fuego que cayó no fue a petición de los jóvenes sino un castigo divino por profanar la ofrenda. En otras palabras, el fuego fue dirigido a los falsos adoradores.

El tercer pasaje que se refiere a un fuego abrasador que consume a los hombres por el poder de Dios es Números 16, que relata la rebelión de Coré y sus hijos, al pretender ocupar el oficio sacerdotal de Aarón. Como consecuencia, Dios castigó a toda la familia de este hombre con una terrible catástrofe. “Y aconteció que cuando cesó él de hablar todas estas palabras, se abrió la tierra que estaba debajo de ellos. Abrió la tierra su boca, y los tragó a ellos, a sus casas, a todos los hombres de Coré, y a todos sus bienes” (Números 16:31-32). Finalmente, el Señor consumió a los hombres que ofrecían incienso sin su consentimiento: “También salió fuego de delante de Jehová, y consumió a los doscientos cincuenta hombres que ofrecían el incienso” (v. 35).  En este pasaje, el fuego se dirigió a los falsos adoradores.

El cuarto texto que viene a mi mente es el de los dos hermanos Jacobo y Juan, discípulos de Jesús, quienes pidieron a su maestro que los dejara orar para que descendiera fuego del cielo que consumiera a los incrédulos samaritanos. “Viendo esto sus discípulos Jacobo y Juan, dijeron: Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma?” (Lucas 9:54). La respuesta del Señor deja en firme la insensatez de estos “hijos del trueno”: “Entonces volviéndose él, los reprendió, diciendo: Vosotros no sabéis de qué espíritu sois; porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas” (v. 55-56).

Por último, hay un pasaje en el Nuevo Testamento que habla sobre un fuego que ha de devorar a los adversarios. Se encuentra en Hebreos 10:27: “sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios”. El texto pareciera respaldar un tipo de oración en el que se le pide a Dios que consuma a los adversarios (o demonios) con fuego. El problema es que el versículo 27 está después del versículo 26: “Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados”. ¿Quiénes son los que merecen el hervor de fuego que consume? Aquellos que pecan voluntariamente contra Dios después de haber recibido el conocimiento de la verdad.

Entonces, es inútil pedirle a Dios que consuma con su fuego a los demonios o a los adversarios, pues este no es el principio doctrinal ni la manera como Dios obra. Precisamente, cuando Jesús enseña a orar a sus discípulos con la oración modelo del Padrenuestro, en la sección que declara: “Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal [o el maligno]” (Mateo 6:13a), en ningún momento añade: “y que caiga fuego en el campamento del enemigo, y que destruya a Satanás”. El dice sencillamente: “líbranos del mal”. Él no empezó una guerra espiritual contra el diablo; él sabía muy bien cómo resistir al demonio por medio de una vida de oración y estudio de la Palabra.

Por último, he querido señalar entre corchetes las veces que el orador habla con palabras extrañas, lo cual es entendido por ellos como un “don” de lenguas. El problema que encuentro en esto es que, primero, no se identifica ningún idioma conocido en esa declaración. Vale la pena señalar que el don de lenguas al que se refiere la Biblia son idiomas humanos, que se utilizaban en la era apostólica para difundir el mensaje del Evangelio en regiones en donde el idioma era un obstáculo para la comprensión de la fe cristiana. Dios, de manera providencial, hizo que las barreras idiomáticas no fueran un impedimento para el cumplimiento de su gran comisión. Esto se puede afirmar por las declaraciones de las personas que en el día de Pentecostés en Hechos 2 escucharon a los discípulos hablar en lenguas extrañas; ellos dijeron: “¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido? Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y Panfilia, en Egipto y en las regiones de África más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios” (Hechos 2:8-11).

Hay un argumento en contra de esta interpretación, y tiene que ver con el uso de “lenguas angélicas”, que menciona Pablo en 1 Corintios 13:1: “Si yo hablara lenguas humanas y angélicas, pero no tengo amor, he llegado a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe”. La explicación puede extenderse más allá de lo debido, así que sólo recordaré que no existió un solo ángel en la Biblia que hablara a los seres humanos en un lenguaje inentendible por ellos; en otras palabras, los ángeles se comunicaban con los seres humanos en una lengua conocida: arameo, griego, hebreo, etc., de otra manera no hubiesen podido hablar de parte de Dios.

¿Cuál es la lengua angelical que hablan estos predicadores? Y, si en realidad hablan el idioma de los ángeles, ¿cuál es el propósito y cuál es su interpretación? Sino pueden responder a estas preguntas, vale la pena acatar el consejo de Pablo: “Y si no hay intérprete, calle en la iglesia, y hable para sí mismo y para Dios” (1 Corintios 14:28).

6. Va saliendo, va saliendo, ¡va saliendo fuera!

«Reprendo al gigante de tu familia. Reprendo al principado que ataca tu vida. Reprendo a ese demonio ahora. Sale por la boca vomitando, sale por la boca eructando, sale de tu casa, sale de tus hijos, sele de tu esposa, de tu esposo, va saliendo la maldición, va saliendo la opresión, va saliendo, va saliendo, va saliendo, va saliendo, va saliendo, va saliendo, saliendo, saliendo, saliendo, ¡fuera, fuera, fuera en el nombre de Jesús!».

Esta sección retoma principios ya explicados. Llama la atención en esta porción las palabras: “sale por la boca vomitando, sale por la boca eructando”. En las Escrituras no se encuentra este tipo de instrucción para una oración de guerra espiritual, y por tanto tal frase carece de sustento doctrinal. Además, en ninguna parte de las Escrituras se dice que los creyentes expulsen principados de las tinieblas que atacan sus vidas por medio de vómitos y eructos. Aunque haya sido la experiencia de algunas personas presenciar este tipo de hechos en una liberación demoníaca, esta no debe convertirse en la norma de fe y práctica del creyente. Toda oración debe someterse a las Escrituras, a su revelación y a su autoridad; de ella deriva su eficacia. Un recorrido por los Salmos es la mejor manera de aprender a orar bíblicamente. Te animo a leer verso a verso cada uno de los salmos imprecatorios[1], en los que el salmista levantó una voz de guerra en contra de sus adversarios (físicos) y el Señor lo libró.


[1] Los salmos imprecatorios invocan la ira y el juicio de Dios en contra de Sus enemigos; se recomienda interpretarlos en el contexto de su autor, quienes en muchos casos se dirigieron a Dios para ser librados de enemigos reales que atentaban contra sus vidas o la nación de Israel. Estos salmos son: 7, 35, 40, 55, 58, 59, 69, 79, 109, 137, 139, 144.

7. Toda enfermedad se quema

«El fuego de Dios quemando todo lo que el diablo está haciendo, toda brujería se quema, toda enfermedad se quema, todo virus se quema, se quema la variante, se quema el covid-19, se quema todo cáncer, se quema, se quema, se quema. Las enfermedades se queman, se van de su vida, la fiebre, la gripe, la maldición, toda enfermedad que esté en tu cuerpo ahora comienza a salir, comienza a desaparecer. Estoy dando una orden en el reino espiritual como en el reino físico, estableciendo el dominio, la grandeza y la excelencia del Dios vivo, del Dios poderoso [habla con palabras extrañas]».

En efecto, la Biblia nos enseña a orar por los enfermos. “La oración de fe sanará al enfermo, y el Señor lo levantará de su lecho. Si acaso ha pecado, sus pecados le serán perdonados” (Santiago 4:15). Quizá lo que me llama la atención de esta sección es la actitud, más que el contenido. El orador parece empeñado en que la enfermedad se vaya del cuerpo de sus oyentes a como de lugar, incluso parece afirmar con fervor que no acepta a la enfermedad como una posibilidad en la vida de los creyentes. ¿Para el orador la enfermedad es un indicio de debilidad espiritual, obra satánica, pecado o maldición?

El apóstol Pablo oró: “Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Corintios 12:7-10). Pablo oró por ser librado de la enfermedad, pero lo hizo con eficacia: apeló a la misericordia de Dios, pero descansó en su soberanía.

Ahora bien, ¿qué podría decir este orador acerca de la vida de Job, ¡a quien el Señor mismo le permitió que Satanás lo hiriera en su cuerpo con diversas enfermedades!? En esta historia, que debemos considerar como un hecho real ocurrido a un hombre de carne y hueso, el Señor le ordenó al mismo diablo: “He aquí, todo lo que tiene está en tu mano; solamente no pongas tu mano sobre él. Y salió Satanás de delante de Jehová” (Job 1:12). El mismo Dios le dio permiso a Satanás.

La Biblia nos revela un penoso cuadro médico de Job. Tenia sarna maligna desde la cabeza hasta los pies (2:7,13; 30:17). Irritación y comezón severa (2:7, 8). Mucho dolor (2:13). Perdió el apetito (3:24; 6:6, 7). Incomodidad agonizante (3:24). Insomnio (7:4). Carne infestada de gusanos y polvo (7:5). Sarna drenando continuamente (7:5). Alucinaciones (7:14). Piel desgastándose (13:28). Piel arrugada y consumida (16:8; 17:7; 19:20). Mal aliento severo (19:17). Perdió los dientes (19:20). Dolor continuo (30:17). La piel se le ennegreció (30:30). Drástica pérdida de peso (33:21).

A pesar de estas enfermedades, la Biblia nos declara que fueron determinadas por el sabio consejo de Dios. Soberanamente Dios ordenó la enfermedad de Job y lo afligió con ella. Pero Job tenía una visión teológica correcta cuando afirmó: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito” (Job 1:21-22). En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno. Job no pecó al quejarse de su desgracia financiera, pero tampoco de su desgracia física.

“Entonces le dijo su mujer: ¿Aún retienes tu integridad? Maldice a Dios, y muérete. Y él le dijo: Como suele hablar cualquiera de las mujeres fatuas, has hablado. ¿Qué? ¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos? En todo esto no pecó Job con sus labios” (Job 2:9-10).

Job llegó a entender muy bien lo que significaba la soberanía de Dios. “Decir que Dios es soberano es decir que Él es supremo sobre todas las cosas, que no hay nadie por encima de Él, que Él es Señor absoluto sobre la creación. Es decir que su señorío sobre la creación significa que no hay nada fuera de su control, nada que Dios no haya previsto y planeado […] La soberanía de Dios lógicamente implica su absoluta libertad para hacer todo lo que quiera hacer”.[1]

El libro de Job invita a los lectores a aceptar que Dios puede hacer con sus hijos como bien le plazca, con el propósito de perfeccionarlos en fe y renovar sus fuerzas. Job fue acusado de vivir en pecado o de acarrear con una seria maldición generacional; pero su vida era ejemplar, era lo que se puede llamar un “cristiano piadoso”; era irreprensible. Pero Dios quiso someterlo a padecimientos. Oh, cuánta humildad necesitamos para guardar silencio ante los designios del Dios del universo. No hay ninguna pandemia o enfermedad que no esté bajo el control soberano de Dios. No hay ninguna adversidad que no haya sido previamente ordenada por Dios en su infinita sabiduría. En este sentido, los creyentes angustiados deberían seguir la exhortación del salmista: “Guarda silencio ante Jehová, y espera en él” (Salmo 37:7).

Nosotros no estamos llamados a dar “una orden en el reino espiritual como en el reino físico, estableciendo el dominio, la grandeza y la excelencia del Dios vivo”. Es Dios mismo el que establece su autoridad en la tierra; ¡Él es Dios! Él es quien ordena todas las cosas según el decreto de su voluntad, según la Palabra de su poder y según su beneplácito.  Por tanto, declara: “yo soy Dios, y no hay ningún otro, yo soy Dios, y no hay nadie igual a mí. Yo anuncio el fin desde el principio; desde los tiempos antiguos, lo que está por venir. Yo digo: Mi propósito se cumplirá, y haré todo lo que deseo” (Isaías 46:9-10).

Suyo es el poder, y la grandeza y el honor, por siempre.


[1] A. W. Tozer, “La soberanía de Dios”, en Los atributos de Dios (Lake Mary: Casa Creación, 1999), 144.

8. Toda maldición se devuelve al remitente

«En el nombre de Jesús toda maldición que fue enviada en contra de este pueblo, en contra de esta familia, en contra de nosotros, se devuelve al remitente, se devuelve a su remitente, esa brujería caerá en aquellos que la enviaron, se devuelve al remitente la maldición, la opresión, el engaño, la calumnia, la muerte, la miseria, todo lo que ellos enviaron contra nosotros se devuelve a su remitente. Quema [14 veces], se va esa maldición, se va esa opresión, se va ese dolor de tu cuerpo, ahora mismo se va, ahora mismo se va, va saliendo, todo lo que no es de Dios es arrancado, todo lo que Dios no ha depositado en ti hoy es arrancado, hoy es arrancado, arrancamos desde la raíz la maldición, la enfermedad, el fracaso, la brujería, en el nombre de Jesús, en el nombre de Jesús, se va ese vicio del diablo, se rompe esa atadura, toda atadura se rompe».

Esta es quizá una de las secciones más preocupantes de la oración. El orador pide que las maldiciones sean devueltas al remitente. El texto que parece apoyar tal expresión es Nehemías 4:4. Los judíos que reconstruían templo oraron a Dios: “¡Escucha, Dios nuestro, cómo se burlan de nosotros! Haz que sus ofensas recaigan sobre ellos mismos: entrégalos a sus enemigos; ¡que los lleven en cautiverio! No pases por alto su maldad ni olvides sus pecados, porque insultan a los que reconstruyen”. Sin embargo, aunque este deseo humano está consignado en las Escrituras, no vemos su cumplimiento en el libro.

Quienes reconstruían el templo pidieron que sus burladores sufrieran las mismas opresiones que ellos experimentaron en el cautiverio. Ojo por ojo, diente por diente (Éxodo 21:24). Mas Jesús enseñó: “Ustedes han oído que se dijo: ‘Ojo por ojo y diente por diente’. Pero yo les digo: No resistan al que les haga mal. Si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, vuélvele también la otra. Si alguien te pone pleito para quitarte la camisa, déjale también la capa” (Mateo 5:38-39).

“Ustedes han oído que se dijo: ‘Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo’. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen” (Mateo 5:43-45). “Bendigan a quienes los maldicen, oren por quienes los maltratan” (Lucas 6:28). Y “traten a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes” (Lucas 6:31).

A diferencia de los oradores que piden maldiciones para sus enemigos, Jesús enseñó a practicar el amor. Pedro dice de Jesús que “cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (1 Pedro 2:23). “Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad” (2 Timoteo 2:24-26).

Ora por tus enemigos, ora y no desees el mal para ellos. Aprende del ejemplo de Jesús.

9. Poder de Dios desciende sobre ti

«En el nombre de Jesús el poder de Dios desciende sobre ti, sobre tu casa, sobre tu familia, sobre tus hijos, sobre tu persona, en el nombre poderoso de Jesús. Poder de Dios sobre ti, poder de Dios, poder de Dios, poder de Dios, poder de Dios, poder, poder, poder, poder, poder, poder, poder de Dios, poder de Dios [habla con palabras extrañas]».

Intenté encontrar en el Nuevo Testamento una oración en la que los apóstoles pidieran que el poder de Dios descendiera sobre los creyentes, pero lamentablemente no hallé ninguna.

Una de las citas más cercanas es la del derramamiento del Espíritu Santo en Pentecostés, en Hechos 2. “Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (v. 1-4).

El problema con esta cita es que sólo dice que los hombres fueron “llenos del Espíritu Santo”, la tercera persona de la trinidad, Dios mismo. Este vino para morar en sus corazones, pero en ningún momento se nos dice que se fue de nuevo al cielo, y que con el paso de unos días fue pedido nuevamente por los apóstoles en una especie de segundo, tercero o cuarto Pentecostés.

El Espíritu Santo habitaba en sus corazones de manera permanente, porque eran su templo. Él no está flotando de un lado a otro esperando ser invocado para descender como un poder sobrenatural sobre los creyentes. A menos que el orador no se refiera al Espíritu Santo, ¿a qué clase de poder invoca? ¿Qué cita bíblica soporta el hecho de que los creyentes deben pedir que un poder descienda sobre ellos?

Es frecuente que quienes oren de esta manera hayan basado todo su sistema doctrinal en el Antiguo Testamento. Con el Antiguo Testamento un lector descuidado puede llegar a considerar que la tercera persona de la trinidad es meramente un poder que capacitaba a los profetas y reyes para hacer grandes proezas. Pero este es un pobre entendimiento de la obra del Espíritu Santo en el mundo. Él no es un poder, es Dios mismo, y tiene la función de regenerar el alma muerta, llamar eficazmente al arrepentimiento, guiar a la verdad, instruir el corazón, santificar el alma, capacitar para el ministerio, sellar por medio de la fe el alma, entre otras cosas más.

La segunda cita del Nuevo Testamento que parece tener un lenguaje similar al de esta oración es Hechos 8:9-24, que relata la historia de Simón el mago. Este hombre era un experto en las artes mágicas. Las personas decían que él tenía “El Gran Poder de Dios” (v. 10). Cuando este hombre observó que Pedro y Juan daban el Espíritu Santo por medio de la imposición de las manos, quiso ese mismo poder, y les dijo: “Dadme también a mí esta autoridad, de manera que todo aquel sobre quien ponga mis manos reciba el Espíritu Santo” (v. 19). La Nueva Versión Internacional lo traduce así: “Denme también a mí ese poder, para que todos a quienes yo les imponga las manos reciban el Espíritu Santo”.

La palabra para “autoridad” o “poder” aquí es el vocablo griego ‘exousía’, y se refiere a una capacidad sobrenatural. Él quería poder, estaba deseoso de mejorar su espectáculo de magia con esta nueva manifestación de poder divino. ¿Cuál fue la respuesta de Pedro? “¡Que tu dinero perezca contigo! Porque pensaste que podías obtener el don de Dios con dinero. No tienes arte ni parte en este asunto, porque no eres íntegro delante de Dios” (vv. 20-21). Ahora bien, ¿qué había de malo en la intención de Simón de hacer lo mismo que los apóstoles hacían? Lo malo era que él creía que el poder se podía obtener como se obtiene cualquier banalidad: ¡se trataba del Espíritu Santo, el mismísimo Dios!

Hay que prender las alarmas cuando un orador procura motivar a sus oyentes a obtener el poder de Dios sin que estos entiendan primero quién es el Espíritu Santo y se sometan a su autoridad.

10. Entra la vida en tu cuerpo

«Esa enfermedad se está quemando, esa enfermedad se está quemando, ese cáncer se está quemando, se quema, se quema, se quema, se quema, se quema (12 veces) [habla con palabras extrañas]. Dios mío sopla, los vientos recios, los vientos del Espíritu soplan sobre esta comunidad, Dios mío sopla vida, sopla vida, sopla vida, sopla vida, entra la vida en tu cuerpo, entra vida en tu cuerpo, entra vida en tu cuerpo, se va la muerte, se va la oscuridad, se van las tinieblas, entra la vida, entra la vida, entra la vida, entra la vida, en el nombre de Jesús, en el nombre de Jesús, en el nombre de Jesús, tu cuerpo recibe vida, todo tu cuerpo recibe vida [habla en con palabras extrañas]. Aleluya, oh santo, santo, santo, aleluya».

¿Tiene el hombre la autoridad para declarar que la vida entre en el cuerpo de otra persona? Jesús nos responde esa pregunta. Él dijo: “El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha” (Juan 6:63). El contexto del pasaje es estremecedor: el Señor Jesús les acaba de decir a los judíos que lo seguían: “el que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él” (v. 56). Luego añadió: “Este es el pan que descendió del cielo […] el que come de este pan, vivirá eternamente” (v. 58), refiriéndose a Él mismo. Desde ese momento, muchos discípulos dejaron de seguirlo, porque creyeron que Jesús hablaba de manera literal. Es en ese contexto que Jesús le aclara a sus doce apóstoles: “El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo les he hablado son espíritu y son vida” (v. 63).

Entonces, ¿qué es lo que le puede dar vida espiritual a una persona? Lo único que le puede dar vida espiritual a una persona es participar de Cristo, alimentarse de Él, venir a la mesa en comunión con Él. ¿Cómo se hace? Por medio de la Palabra. “Las palabras que yo les he hablado son espíritu y son vida”. El pastor y teólogo puritano Matthew Henry enseñó: “No son meras expresiones, palabras que se lleva el viento, sino divinas realidades provenientes del Verbo, en quien estaba la vida (Juan 1:1-4); cuando se las acepta por fe, se convierten en instrumentos de salvación eterna. Si comes a Cristo, es decir, si crees que Cristo murió por ti, tendrás vida eterna (Juan 3:16, 36)”.[1]

La mejor (y única) manera de obtener verdadera vida es escuchando el mensaje de la Palabra siendo expuesta clara y profundamente (lee Romanos 10:13-17). Por desgracia, la oración de este varón llega a su fin y todavía no oímos las riquezas de la gracia de Dios en Cristo.


[1] Matthew Henry, “Juan”, en Comentario Bíblico de Matthew Henry (Barcelona: Editorial CLIE, 1999), 1389.

11. Que desciendan ángeles con espada de fuego

«Josué le dijo al ángel: eres tú de los nuestros o de los que están contra nosotros, y él le respondió: yo he venido como…, dice aquí la palabra: yo he venido como príncipe del ejército de Dios; el príncipe del ejército de Jehová. Padre amado, Padre celestial, yo te pido en esta hora que desciendan ángeles guerreros, ángeles con espada desenvainada, así como estuvo el príncipe del ejército de Jehová. Dice que de lejos Josué vio que el hombre con una espada en su mano, aleluya, y él le respondió: he venido, he venido como el príncipe del ejército del Señor. Aleluya. Dios mío envía ángeles guerreros, ángeles que pelean por la iglesia, ángeles que pelean por nosotros, en el nombre de Jesús, ángeles con espada desenvainada, ángeles con espada de fuego, en el nombre de Jesús. Tiembla diablo, tiembla demonio, aquí está el Señor, aquí está el Dios todo poderoso, aleluya [habla con palabras extrañas]».

No es necesario embarcarnos en el estudio de la doctrina de los ángeles en este artículo, sin embargo, quiero llamar la atención sobre la clase de ángeles que pide el orador: son ángeles con espada desenvainada, con espadas de fuego. De nuevo, esta es una cita del Antiguo Testamento, específicamente de Josué 5:14. El Señor le había prometido la conquista de Canaán a los israelitas, y el Ángel del Señor, una representación de Cristo preencarnado, se le aparece a Josué para decirle que Él pelearía por su pueblo para entregarles la tierra que les había prometido.

Notemos que el enfoque de este pasaje no es instruir a los lectores con respecto al ministerio de los ángeles en la vida de los creyentes, sino el de reconocer que fue Dios mismo el que le dio la victoria a Israel para lograr el cumplimiento de la promesa que le hizo a Abraham, Isaac y Jacob.

No fue por mano de Josué que los judíos entraron y tomaron posesión de la tierra que Dios juró a sus antepasados. No. Fue por medio de la mano fuerte de Jehová, el Dios de los ejércitos celestiales, el Todopoderoso. Como anunció el profeta Zacarías años más tarde, así declaraba el Ángel del Señor a Josué aquel día: “no con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zacarías 4:6). El crédito no se lo iba a llevar Josué y la nación judía; todo el crédito y la gloria eran para Dios.

Este enfoque debe mantenerse para hacer justicia a la interpretación del pasaje y aplicar correctamente su mensaje. Orar pidiendo ángeles con espadas desenvainadas (¡y de fuego!), basados en este pasaje, no sólo es forzar el texto hasta el límite, sino que es una clara oposición a la enseñanza de Jesucristo. Observe lo que ocurrió el día del arresto de Jesús por mano de Judas Iscariote:

“Pero uno de los que estaban con Jesús, extendiendo la mano, sacó su espada, e hiriendo a un siervo del sumo sacerdote, le quitó la oreja. Entonces Jesús le dijo: Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán. ¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?” (Mateo 26:51-54). Jesús se presenta de nuevo como el comandante de los ejércitos celestiales, pero reprocha la actitud del discípulo y aclara que todo el que tome espada, a espada perecerá.

Con respecto a la espada de fuego, es probable que el orador se esté refiriendo a aquella espada que revoloteaba cerca del Árbol de la Vida del Huerto de Edén, que era custodiada por querubines (lee Génesis 3:24). Sin embargo, ¿qué nos hace pensar que podemos pedir a Dios por ángeles con espadas desenvainadas de fuego para emprender una especie de Armagedón espiritual?

El siguiente fragmento de la oración ha sido explicado con evidencia bíblica.

«En el nombre de Jesús recibe tu milagro, recibe sanidad, recibe ahora mismo, recibe tu milagro, ahí está Dios tocándote, ahí está Dios sanándote, ahí está Dios librándote, ahí está Dios, recibe [12 veces], recibe tu milagro, recibe ese toque, recibe, recibe, recibe en el nombre de Jesús, esa unción es sobre ti, esa unción es sobre ti, esa unción es sobre ti, recíbelo [6 veces], ahora mismo, ahora mismo, ahora mismo, en el nombre de Jesús, recíbelo, recibe, recibe [habla con palabas extrañas]. En el nombre de Jesús, en el nombre de Jesús, en el nombre de Jesús, en el nombre de Jesús, en el nombre poderoso de Jesús, recibe tu milagro, el poder de Dios te toca, el poder de Dios te visita, el poder de Dios entra en tu cuerpo. Se quema todo lo que no viene de Dios que está en tu cuerpo, se quema, se quema, se quema, se quema, se quema [habla con palabras extrañas]. Oh Dios mío [habla con palabras extrañas]. En el nombre de Jesús avanzamos conquistando nuestro territorio, ganando tierras nuevas, conquistando el ejército contrario, venciendo nuestros enemigos».

12. Le arrebatamos las almas al diablo

«En el nombre de Jesús le arrebatamos las almas al diablo, le arrebatamos las almas al diablo, todo lo que el diablo se ha robado se lo arrebatamos, en el nombre de Jesús aleluya [habla con palabras extrañas]. En el nombre de Jesús, lo recuperamos todo, recuperamos todo lo perdido, todo lo robado, todo lo que el diablo se ha llevado en el nombre de Jesús. Diga conmigo: yo recupero todo lo perdido, recupero mi familia, dígalo, recupero mi familia, recupero mis hijos, recupero mis finanzas, recupero mi salud, recupero todo, todo, todo, todo, en el nombre de Jesús lo recupero, en el nombre de Jesús lo recupero [habla en palabras extrañas]. Vamos guerrero levanta tu voz, comienza a orar guerrera, comienza a orar mi hermana, preséntate ante Dios, preséntate ante el eterno». Algo acontece en esta hora, algo sucede en esta hora, milagros suceden, maravillas suceden, recíbelo, recíbelo, recíbelo. Oh Jesús, oh poderoso santo. Él se está paseando en medio de su pueblo, él se está paseando en medio de nosotros, algo sucede en esta hora, algo acontece en esta hora, maravillas, algo sucede [habla con palabras extrañas]. En el nombre de Jesús recuperamos todo, todo lo que el enemigo se robó. Diga conmigo: yo recupero todo, recupero todos mis hijos para Cristo, recupero mi familia, recupero lo perdido, en el nombre de Jesús.

Por último, la oración de este hombre ordena y declara el arrebatamiento de las almas que están en el poder del diablo. Una vez más, encontramos evidencia bíblica que puede ser el punto de partida de esta declaración. Son dos los pasajes que usan un lenguaje similar, uno es 2 Timoteo 2:25-26 y el segundo es Judas 1:23.

En 2 Timoteo 2:25-26 Pablo le recuerda a su joven discípulo que el siervo de Dios debe ser apto para enseñar, “que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad, y escapen del lazo del diablo, en que están cautivos a voluntad de él”. Este pasaje, visto en el contexto del capítulo 2, enseña que la predicación de la sana doctrina hará que los que están engañados por las mentiras doctrinales de Satanás pueden volver en sí y escapar del error que los lleva a la condenación eterna.

Esto es así porque una falsa enseñanza no puede producir verdadera fe, y sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6). La manera en la que el diablo tiene cautivas a las personas según Pablo es por medio de un elaborado sistema de falsas doctrinas difundido por los falsos maestros. Al ser instruidos en enseñanzas erróneas, las personas “están cautivas para hacer la voluntad” de Satanás, pues el propósito de dichas enseñanzas es conducirlas a una vida de desenfreno y pecaminosidad. En contraste, la predicación de Timoteo tiene el poder de propiciar el verdadero arrepentimiento por medio de la exposición fiel del Evangelio de Gracia.

La segunda cita bíblica es Judas 1:23: “A otros salvad, arrebatándolos del fuego”. De nuevo, debemos analizar el contexto del pasaje para entender a qué se refiere Judas con “arrebatar del fuego” a los incrédulos. El versículo 22 dice: “A algunos que dudan, convencedlos”. Así mismo, los versículos 18 y 19 declaran: “En el postrer tiempo habrá burladores, que andarán según sus malvados deseos. Estos son los que causan divisiones; los sensuales, que no tienen al Espíritu”. Entonces el contexto del pasaje es la falsa enseñanza que debe ser contrarrestada con la sana doctrina. ¿Cómo salvar a las personas, arrebatándolas del fuego? Predicando la sana doctrina, de modo que sean convencidos de sus malos caminos y procedan al arrepentimiento.

Así que, en ninguna parte de las Escrituras se enseña que el diablo tenga almas cautivas, y que es tarea de la iglesia robarle esas almas. Todo lo contrario, la Palabra declara con toda certeza: “¿Quién entre todos ellos no sabe que la mano del Señor ha hecho esto, que en su mano está la vida de todo ser viviente, y el aliento de toda carne de hombre?” (Job 12:10). La frase “el aliento de toda carne de hombre” se traduce del original hebreo como ‘alma’ (néfesh) (compare con Génesis 2:7).

El Señor es el dueño de toda la creación, tiene completo dominio sobre sus criaturas, y en cuanto a los creyentes salvos (e incluso los que han de ser salvos en el futuro), Jesús dijo: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco y me siguen; y yo les doy vida eterna y jamás perecerán, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano del Padre (Juan 10:27-29).

Conclusión

El propósito de este análisis es animar a los amados hermanos a examinar con las Escrituras el tipo de oración y predicaciones que se hacen en la actualidad, con el fin de proteger sus almas de una interpretación errada de las Escrituras.

Pablo le dijo a Timoteo la razón por la que él debía perseverar en la sana doctrina: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren” (1 Timoteo 4:16). La sana doctrina tiene el objetivo de conducir a la salvación; toda mala teología conduce a graves errores en el caminar cristiano, incluso la muerte espiritual.

Oro para que tu vida sea edificada y puedas elevar oraciones que serán escuchadas por Dios, porque son eficaces y provienen de un corazón piadoso (Santiago 5:16) Por lo demás: “Oren en el Espíritu en todo momento, con peticiones y ruegos. Manténganse alerta y perseveren en oración por todos los santos” (Efesios 6:18).

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