Los cinco pilares de la oración del rey David

El Salmo 4:1 dice: “Respóndeme cuando clamo, oh Dios de mi justicia. Cuando estaba en angustia, tú me hiciste ensanchar; Ten misericordia de mí, y oye mi oración”.

Una de las cosas que más enfatizó Jesús durante su ministerio terrenal fue la necesidad de orar en todo tiempo. Para nuestro Señor, la oración es el arma secreta del creyente, esto lo podemos apreciar en el hecho de que antes que cualquier otra cosa, Él les enseñó a sus discípulos a tener una relación con el Padre celestial por medio de la oración. Orar no era una actividad más para Jesús, era ‘la’ actividad. Sin la oración, Jesús jamás habría cumplido su misión, y tampoco nosotros habríamos obtenido la bendición de su obediencia.

Me parece sorprendente que David, el ancestro de nuestro Señor Jesucristo, también era un hombre de oración. Ambos compartían más que un linaje real en el marco de un Pacto, ellos tenían lazos espirituales que se reflejan en esta importante disciplina.

¿Quieres ver de cerca los cinco principios que caracterizaron la oración del rey David? En primer lugar, observa que la oración davídica era un diálogo.

La oración es un diálogo

Él ora: “Respóndeme cuando a ti clamo”. Él no acudía a Dios con parlotería o vanas repeticiones sin sentido; él entablaba genuinas conversaciones con Dios en las que hacía preguntas y esperaba una respuesta. La verdadera oración es un diálogo entre Padre e hijo; venimos ante Dios para darnos a conocer, adorarlo y derramar nuestro corazón. Le hablamos a un Dios que piensa, siente y escucha. Oramos a un Dios personal e íntimo.

Y tú, ¿hablas con Dios como hablas con tus padres terrenales o con tu mejor amigo? ¿Disfrutas la oración tanto como disfrutas una tertulia con un ser querido?

La oración es un clamor

En segundo lugar, la oración es un clamor. David dice: “Respóndeme cuando clamo”. La palabra hebrea que se traduce como “clamar” significa literalmente “acosar a una persona que uno encuentra”. Esto nos enseña que la actitud en la oración es de gozosa insistencia. No se trata de un par de minutos al día, sino de importunar en todo tiempo.

¿Clamas tú a Dios con persistente agonía? O, por el contrario, ¿te conformas con unas cuantas palabras de vez en cuando? Recuerda que sólo las oraciones insistentes y apasionadas son las que el Padre se deleita en responder, porque demuestran fe.

La oración es teocéntrica

En tercer lugar, la oración de David tenía como foco a Dios, era teocéntrica. David dice: “oh Dios de mi justicia”. David no centra su atención en sí mismo, ni se apoya en sus propias fuerzas. Él eleva los ojos al cielo y ve al Dios de su justicia. Él ora con sus ojos puestos en los atributos de Dios.

El mismo principio aplicó Jesús en la oración modelo del Padrenuestro; lo primero que dice al orar es: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre”. Una oración eficaz inicia con Dios y termina con Dios. Y tú, ¿con cuánta frecuencia pones tu mirada en el carácter de Dios al orar? ¿Te deleitas en las excelencias del carácter de Dios? ¿Disfrutas de sus atributos y descansas en ellos?

La oración es meditación

En cuarto lugar, la oración de David era una meditación. En este Salmo, David exclama: “Cuando estaba en angustia, tú me hiciste ensanchar”. La meditación bíblica es la práctica de recordarse a uno mismo los hechos victoriosos del pasado en busca de esperanza. David trajo a la memoria las ocasiones en que Dios lo bendijo con abundancia en medio de su angustia.

El mejor antídoto para la depresión es recordar los hechos poderosos de Dios. Cuando oramos podemos hacer una breve pausa, recordar lo que Dios ha hecho por nosotros en el pasado, y darle gracias.

Quiero preguntarte, ¿sueles detenerte en medio de tu oración para traer a la memoria los hechos poderosos de Dios? O, ¿estás tan enfocado en tus problemas que no puedes meditar?

La oración es petición

En quinto lugar, la oración de David es una petición. Al final del versículo 1, David ora: “Ten misericordia de mí, y oye mi oración”. En el Padrenuestro Jesús nos enseñó que oráramos así: “el pan nuestro de cada día, dánoslo hoy”. Aunque Dios sabe de qué tenemos necesidad antes de que le pidamos, aun así Él se complace de escucharnos. En esta oración David pidió misericordia y una respuesta a su clamor.

¡Qué humildad y qué sabiduría! Este hombre hubiera podido pedir riquezas materiales, éxito militar y destreza política; en lugar de eso pidió misericordia, es decir, que Dios no lo tratara como él lo merecía, sino que fuera compasivo y tierno con él.

Y tú, ¿le clamas a Dios por más obediencia, radicalidad, santidad, misericordia, gozo, y otros frutos espirituales? O, por el contrario, ¿pides para gastar en tus propios deleites? Recuerda que en la oración pedimos pan, no golosinas. Si queremos recibir respuesta de Dios debemos alinear nuestras peticiones con su voluntad.

Por tanto, ora de día y de noche; espera en el Señor y medita en sus caminos, así verás la poderosa mano de Dios guardar tu camino.

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